En su primer pronunciamiento público, después del anuncio de los resultados de la elección, el presidente electo mencionó las principales prioridades de su futuro gobierno en el área externa.
Lula resaltó que Brasil estará de vuelta en el escenario internacional con el protagonismo que gozaba en el pasado, con el objetivo de recuperar la credibilidad, previsibilidad y estabilidad para traer nuevamente inversiones externas. Enfatizó que Brasil va a buscar un comercio internacional más justo y, con nuevas bases, retomar los acuerdos con los EE.UU. y con la Unión Europea. En ese contexto, mencionó que a Brasil no le interesan los acuerdos comerciales que condenen al país al eterno papel de exportador de commodities y materia prima. Su gobierno apoyará un nuevo mandato global y, en las Naciones Unidas, la reforma del Consejo de Seguridad con el aumento de número de miembros permanentes y el fin del actual derecho al veto. Va a combatir el hambre y la desigualdad en el mundo y promover la paz.
Destacó la importancia del medio ambiente y la protección de la Amazonia en el contexto de la política externa. Se comprometió a implementar políticas para el monitoreo y vigilancia en la Amazonia, a combatir las actividades ilegales en la región y a definir políticas para el desarrollo sustentable de las comunidades amazónicas. Eso, además de retomar la cooperación internacional para la conservación de la selva y de los pueblos indígenas. Afirmó que no quiere una guerra por el medio ambiente y que la soberanía de Brasil sobre la Amazonia no está en discusión. Esas prioridades deben ser complementadas por las incluidas en la Carta para el Brasil del Mañana, donde se da importancia a la integración regional, al Mercosur y a otras iniciativas latinoamericanas, así como al diálogo con los BRICs, con los países africanos, y al fin del aislamiento y la ampliación del comercio exterior y de la cooperación tecnológica.
Está claro que el discurso de victoria no podía tocar todos los temas, sin embargo, llama la atención algunas omisiones importantes. No hubo ninguna referencia al complejo escenario externo: los efectos de la pandemia y la guerra de Ucrania, ni a la confrontación entre EE.UU. y China, con los reflejos geopolíticos y económico-comerciales que podrán afectar los intereses brasileños. China, principal socio de Brasil no fue mencionada, ni las negociaciones sobre el ingreso a la OCDE.
La mención a la posibilidad de renegociación del acuerdo comercial con la Unión Europea, pronto para ser firmado y de interés para los países miembros del Mercosur, motivó la reacción inmediata de la portavoz de comercio exterior de la UE, contraria a la reapertura de los entendimientos. Otro tema delicado es la información de que los entendimientos con la OCDE se congelarían, lo que contraría el interés del sector privado. Finalmente, en lo que respecta a América del Sur, es posible anticipar un cambio radical en la relación con Venezuela, la civilidad en las relaciones, y la reapertura de los Consulados brasileños para permitir la asistencia de brasileños en aquel país, además de la posibilidad de una acción proactiva para ayudar al proceso de democratización, como lo había mencionado Lula durante la campaña electoral.
Las prioridades reflejan las convicciones personales del presidente electo y la línea partidaria del PT. Las omisiones muestran el cuidado para no mostrar tendencias ideológicas que se alejarían de las posiciones de las fuerzas políticas que lo apoyaron. En la formulación de políticas de acuerdo con esas directrices generales, medidas prácticas tenderán a ser matizadas por sugerencias que deberán ser presentadas por los partidos que apoyaron y viabilizaron la victoria. El futuro gobierno, no solo en el área externa, pero en todas las otras áreas, deberá ser el resultado de ese entendimiento.
El mundo cambió y Brasil cambió. La guerra entre Rusia y Ucrania dejó el escenario internacional más complejo e inseguro, con profundas consecuencias en todos los países. La perspectiva de división del mundo entre el campo democrático y autoritario promovida por EE.UU., crea nuevos desafíos geopolíticos para la diplomacia. Se está configurando una nueva Guerra Fría entre Occidente y Eurasia, no ideológica o militar, como ocurrió con la entonces Unión Soviética, pero de competición económica, comercial y tecnológica. Brasil debería mantener una posición equidistante, sin elegir lados, tendiendo siempre a la defensa del interés nacional.
El nuevo gobierno tendrá la responsabilidad histórica de restablecer el papel de Itamaraty como el principal formulador y ejecutor de la política externa y de mantener, sobre los intereses ideológicos y partidarios, los lineamientos permanente de actuación externa como política de Estado y no del gobierno de turno.
Esos son los grandes desafíos para la política externa a partir del 1 de enero.