El rasero encarece

Fue uno de los temas de la campaña electoral pasada. Precandidatas como Laura Raffo lo pusieron sobre la mesa y luego otros lo fueron tomando. A un año y medio de la campaña, ya nadie habla del “Uruguay caro” pero algunos hacen lo posible para que lo siga siendo.

El conflicto de Medio Oriente y el cierre del estrecho de Ormuz afectaron el precio del petróleo y en consecuencia hizo que acá, el precio de la nafta subiera dos veces en apenas un mes. Esa suba, dado el contexto internacional, es inevitable pero el problema es que se hace sobre un combustible que ya estaba entre los más caros de la región. Muchos factores nocivos inciden en esa carestía y una parte no menor es el prolongado déficit de la producción de portland por parte de Ancap. Parece haber en el gobierno una “cultura del gasto” que en lugar de recortar derroches que afectan a la economía, agregan nuevos elementos creando organismos innecesarios o bien ya existen oficinas similares en otras dependencias.

La creación de un Comisionado Parlamentario para las infancias y adolescencias (¿Por qué el plural?) es un ejemplo. Se supone que son temas que los organismos educativos, el Inau o el Mides ya manejan. ¿Es necesario crear otra estructura burocrática para atender problemas que se supone que ya deberían estar atendidos en entidades existentes? Ejemplos como este, hay muchos.

La posibilidad de que a partir del Dialogo Social se termine de crear un organismo que centralice aspectos administrativos de las Afap implica también crear una nueva oficina, con personal nuevo, sede, infraestructura, mantenimiento y todo el costo que eso significa. Eso cuesta dinero y se sumará al presupuesto nacional, mantenido con impuestos que paga el ciudadano.

Un ejemplo de duplicación es el del Instituto de Derechos Humanos, ya que la Presidencia, la Cancillería y otros tienen su propia repartición dedicada al mismo tema. A ello se suma la asombrosa existencia de requerimientos, trámites, regulaciones, exigencias y demás que no sirven más que para agregar burocracia y sumar costos a la producción. Eso sin duda encarece a Uruguay.

Según las estadísticas, Uruguay está entre los países que tiene mejores niveles de ingreso. Eso permitirá jactarse y ciertamente si se pasa un sueldo promedio a dólares, el ingreso podrá parecer alto. El problema es que si el precio de todo lo que una persona necesita comprar se pasa a dólares, también resultará alto. Por lo tanto, la jactancia se desinfla de un solo golpe con la realidad.

Este país tiene, además, una larga tradición de pasar el rasero. Cuando alguien cree que llegó el momento de que sus ingresos le permitan una vida más desahogada, aparece un impuesto, se agrega un sobrecosto, se crea un recorte. El ejemplo del IRPF es un caso, aunque no el único. Más aún lo es el de IASS a los jubilados, que además de que quienes mucho aportaron tienen su ingreso topeado, deben pagar un impuesto que se usará para pagar las jubilaciones del mes siguiente. Sea lo que sea, eso es lo que realmente sucede. Ya jubilado, la persona sigue aportando al sistema previsional bajo el disfraz de este impuesto.

Una manera que la clase media y media baja encontró para acceder a bienes que le sirven o le gustan y que hacen llevadera la vida cotidiana, es la compra por internet en China o en Estados Unidos. Sitios como Temu, Amazon u otros permiten acceder a un tipo de consumo que antes tenía vedado. Pero eso está durando poco. Como es obvio, el comercio local protesta por lo que considera una competencia desleal. Acá hay que pagar tributos altos, los costos de mantenimiento de un local (luz, impuestos municipales, regulaciones de todo tipo) más los sueldos del poco personal que pueda tener (con aportes y demás), lo cual hace imposible que los precios de sus productos compitan con los de Temu.

Por eso, durará poco la ilusión de quienes encontraron en estos sitios el acceso a bienes que acá, por su alto costo, no podían procurar. Empiezan a aparecer medidas que tienden a hacer que lo que era ventajoso deje de serlo: imponer el IVA a esas compras y desde la Aduana establecer regulaciones que desalienten el uso de esos servicios. La idea es encarecerlos, pero no compensar con una baja en los costos que afectan al comercio local. A nadie se le ocurre eso.

El rasero una vez más y la necesidad, inexplicable, de seguir haciendo que este país sea caro, ya no solo para los turistas que optan por no venir, sino para sus propios habitantes.

De algunos de estos asuntos se habló durante la campaña, en un reconocimiento de que el país era efectivamente caro y urgía hacer algo. Terminado el ruido electoral, el tema se fue acallando y a nadie parece importarle mucho, aunque eso perjudique en forma notoria al consumidor, al ciudadano de a pie.

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