Uno aplica para muchas situaciones las patas de cortesía, respeto y consideración que considera correctas y aceptadas por todos. Por eso cree que otros reaccionarán de similar manera ante casos parecidos.
Siempre pensé que lo natural, lo que inevitablemente pasaría, era que el Pit-Cnt cambiaría la fecha del paro general (convocado, entre otros motivos, para promover el voto por Sí) y evitar la coincidencia con una fecha tan arraigada como el Día de la Mujer. Permitiría de ese modo que cada evento tuviera su momento.
No sucedió.
El Pit-Cnt nunca tuvo intención de cambiar, ceder, respetar ni considerar nada.
La multitudinaria marcha no tuvo el mismo impacto de otros años porque todo se diluyó en esa confusión. Organizaciones y referentes temieron que las cosas se distorsionarían en un acto proselitista a favor del Sí y decidieron no ir.
Al final el acto no fue uno de adhesión a la derogación de la ley. Si bien hubo quienes llevaron distintivos rosados, no se distorsionó el sentido de la jornada.
Pero para entonces ya no importó. El Pit-Cnt logró confundir las cosas, dispersar la atención y relativizar algo que debió ser importante.
Y se salió con la suya. Así como de a poco se está adueñando de la agenda política de la izquierda, también parece que busca neutralizar las organizaciones sociales vinculadas a la llamada “agenda de derechos”.
No lo dice de modo explícito y no es seguro que eso quiere hacer, pero todo indica que algunos sindicatos aspiran a ser los propietarios de la izquierda y procuran arrinconar el ruido que ante ciertos temas hacen algunas organizaciones con creciente influencia.
No en vano muchos dicen que la central de trabajadores se convirtió en el “brazo político” (no el brazo sindical) del Frente Amplio, poniendo a este en un segundo plano, y más ahora que es presidido por quien hasta hace unos meses lideraba el Pit-Cnt.
Esto ocurre en un momento de debilidad del Frente que se explica por dos causas. Una, la provocada por 15 años continuos de gobierno con el natural desgaste que ello trae. Otra, porque en ese proceso los liderazgos tradicionales cumplieron su ciclo y hoy no se vislumbra quien o quienes tomarán esa posta.
Algunos sindicatos fueron relevantes para decidir el referéndum. La Federación Ancap tomó la iniciativa y forzó la marcha para que al final toda la central accediera y finalmente, de mala gana, lo hiciera el propio Frente.
Pese a ello y quizás a causa de los profundos cambios que vive el país en su manera de hacer política, no toda la central está alineada en un mismo sentido.
Por un lado, está el curioso fenómeno del sindicato de los policías que por su propia naturaleza defiende sus derechos laborales desde una lógica muy particular.
En la otra punta, como ya mencioné, la Federación Ancap, con posturas radicales de quien se siente el verdadero y único dueño de la empresa estatal. Por algo incluyó en uno de sus paros la detención total de la refinería, algo que no ocurría en décadas.
Aún así persisten quienes prefieren hacer una lectura más sensata de la realidad (parecen haber entendido que éste no es el país de hace 10 años) como Valeria Ripoll de Adeom. Por el contrario, AEBU (en especial la banca pública) radicalizó medidas con una estrategia que perjudicó a otros sectores del trabajo (el turismo por ejemplo), mucho más afectados por la pandemia que la banca.
Pero la más grotesca caricatura de lo que es el sindicalismo está en la Federación de Profesores de Enseñanza Secundaria (Fenapes). No todas sus figuras ocupan cargos visibles de dirección, pero su perniciosa influencia es tremendamente negativa para la imagen pública de los profesores liceales.
Esto no es un juicio de valor ni una opinión antojadiza, es un hecho incontrastable: dirigentes como Marcel Slamovitz y José Olivera son impresentables. Sin embargo representan a un cuerpo de profesores que no se esfuerza por demostrar que les da vergüenza ser dirigidos por ellos. Ser docente exige condiciones y requisitos que ninguno de los dos tiene. Son agitadores profesionales sin pretensión de otra cosa. No agitan causas, solo agitan. Es lo único que saben hacer. No enseñan ni les gusta hacerlo, al IPA quizás fueron no para formarse como docentes sino porque ahí había un buen escenario para la agitación.
Esta es la realidad sindical. Hoy está tironeada por sectores que aprovechan una coyuntura de cambios para acumular poder por encima de los partidos del Frente. Usan ese poder para imponer su agenda, para reducir y domesticar otras organizaciones sociales tal como quisieron hacer con los grupos feministas.
Ante esa realidad es posible hacerse la pregunta de hasta dónde desean llegar. Su objetivo parece ser el de tener el poder por el poder mismo. Pero su estrategia tiene un punto débil: el país no va en esa dirección, la sociedad cambió mucho y envía repetidas señales contra la prepotencia sindical. En definitiva, es ahí donde está el único freno posible a este acumulado poder sindical.