El Natalicio de "nosotros mismos"

Hoy se cumplen 262 años del nacimiento del Gral. José Gervasio Artigas. En nuestro país, es el Natalicio con mayúscula y por antonomasia.

Por una norma de Derecho Público, es el Día de la Bandera. Lo estableció la ley 9935, de mayo de 1940, cuyo artículo 2º dispuso: “En todos los institutos de enseñanza públicos y privados, se destinará, en la víspera del mismo, una o más clases de cada curso a exaltar la personalidad histórica del prócer y a comentar su obra y sus doctrinas y se realizará solemnemente, el día 19 de Junio, la jura de la bandera”.

Por una iniciativa privada de la Cámara Nacional de Comercio y Servicios -gremial de Derecho Privado- es el Día del Abuelo, aceptado como una regla escolar, familiar y comercial, imperativa a pesar de ser tan sólo costumbrista.

Al ser Padre de la Patria legitimado por la historia desde hace más de un siglo, Artigas bien puede ser nuestro abuelo, ya que palpita y vive en la línea del abolengo nacional. La palabra “abolengo” generalmente se maneja con un dejo aristocrático, como “ascendencia ilustre o linaje”. Olvidamos que abolengo deriva de abuelo y que tiene por primer significado “ascendencia de abuelos o antepasados”.

Artigas fue revolucionario, gobernante en lucha, y sobre todo sembrador de ideales. Desde la Oración de Abril y las Instrucciones del Año XIIII -columna vertebral de nuestro amor a la libertad- hasta el sacrificio extremo de preferir exiliarse a rendirse, el Jefe de los Orientales fue hombre de acción y hombre de doctrina, como muy bien señaló la ley que identificó su Natalicio con la Bandera. Esa doctrina implicó opinión propia, juicio crítico, rebeldía, afirmación de la conciencia por encima del vil precio de la necesidad. Fue no sólo teoría de la libertad en toda su extensión imaginable, sino señorío de la libertad por encima de las circunstancias y hasta de los apetitos.

En los 206 años corridos desde su destierro en el Paraguay, la Banda Oriental vivió hasta 1904 en clima de revueltas. En el siglo XX fue un verdadero laboratorio político, con las más grandes conquistas y también con los más grandes dolores. El ideario artiguista fue desobedecido y hasta ultrajado por enemigos de la libertad de signo contrapuesto pero fanatismo simétrico. Los hechos fueron los que fueron. Pero nadie derrotó la doctrina institucional de Artigas.

De ella surgió el modo republicano y democrático que nos sigue singularizando en América y el mundo, a pesar de nuestros tropiezos y decadencias.

Y de ella brotó un modo de ser por el cual podemos hasta rebajarnos en calidad de hábitos y hasta entreverarnos por desorientación, pero no perdemos la hidalguía de saber que sólo podemos confiar en “nosotros mismos”.

En todo eso vive, vibra y se imponen los imperativos artiguistas, sentidos como tradiciones de grandeza a rescatar en cada momento y en cada esquina.

Al fin de cuentas, el Natalicio de Artigas fue el nacimiento de la esencia que vive en nosotros, llamada a rescatarnos de baches, errores e incompetencias notorias.

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