Pese al prodigioso desarrollo técnico, basado principalmente en el acelerado desarrollo de la Inteligencia Artificial y de las computadoras quánticas, ambas de propiedad privada, en el plano político vivimos un período brumoso. Un tiempo donde las antiguas certezas desaparecen, el orden de naciones soberanas se esfuma y la democracia, el gran logro de la modernidad, corre peligro de descomposición. Muchos factores explican este proceso, aún cuando el más inmediato pero no único, parece radicar en la política de los Estados Unidos bajo Donald Trump.
Junto a este nacionalismo irracional basado en intereses reaparecen aspiraciones militaristas de paises como Rusia, que desde Pedro el Grande, no acepta que Europa no le esté subordinada, o China, cuyos despóticos líderes siguen cultivando la memoria del mostruoso Mao Tse Tung. Ello sin omitir locuras más locales, pero no menos peligrosas, como las de Viet-Nam del Norte sometida a una ideología de raíz monárquica. Por no hablar de Irán, una sombría teocracia musulmana, convencida que su expansión habilitará el dominio mundial del Dios-Persa. Como si algún elemento atávico, generado por su historia, obligara a que Rusia, China, Viet Nam Norte e Irán, constituyan un bloque diferente, de dificil decodificación al que, revirtiendo su estrategia clásica, EEUU lisonjea e irrita. Todo a la vez.
En el mundo actual las naciones, incluso las de mediano porte, temen carecer de insumos, desde los energéticos a los informáticos. Tal como si el viejo imperialismo se hubiera generalizado mediante aranceles, vituperios, invasiones o anexiones. Las soberanías, otrora valiosas, desaparecen y reaparece un colonialismo encubierto. Maduro es “sustraído” (el verbo es revelador) de su país y su cargo, donde teorícamente delinquió, para ser juzgado ilegalmente en Estados Unidos, lo mismo se intenta con el añoso Raúl Castro, un resultado esperable por negar prescripciones y competencias territoriales cuando así convenía.
Esta situación hace muy difícil comprender un mundo, que desde la bipolaridad se desplaza hacia una multipolaridad donde si bien el poder se reparte en muchas porciones, ello acelera exponencialmente las posibilidades de conflictos. A partir de los cuales ya no vale hablar de política. Todo ayudado por el declive a su pesar , de los organismos e instituciones internacionales que procuraban ordenar el conflicto. De allí un ambiente donde quienes poseen el armamento nuclear, que cada vez son más, se sienten capacitados para procurar imponer condiciones a quienes carecen del mismo. En un curioso proceso que si bien ampliará de hecho el Consejo de Seguridad, hará desaparecerá la Asamblea General y con ella las instituciones internacionales dedicadas a la salud, el arte y la cultura. Tres valores que justifican la vida en la Tierra.
Lo sorprendente es que este escenario es distinto, presenta un particularidad que lo retrotrae a una ética premoderna. Omite un elemento que anteriormente, como producto lateral del lento desarrollo humano, aparecía como excluyente. La esencia o la justificación de los conflictos, tanto inernos como externos. Nos referimos a las ideologias, a los valores que las sustentaban y a las doctrinas elaboradas para justificarlas.
Desde fines del siglo XVIII el mundo se dividió explícitamente entre derechas e izquierdas. Una clasificación primaria o previa que cubrió a los proyectos políticos ya existentes, nacida en Versalles, en 1789, en la desordenada Asamblea Constituyente, según el orden de sus asistentes. Los “facciosos”, a la izquierda, los legitimistas o realistas a la derecha. Los primero reformadores o revolucionarios, contrarios al orden establecido, los segundos como sus defensores. Amigos de la tradición, de Dios y el Rey.
Esta división, que albergaba diferentes relatos a los que ajustaba, rebeló ser casi inmortal; bajo sus anchas alas, cambiando el nombre de sus actores y disimulando sus verdaderas raíces, acogió todo tipo de conflicto, desde la guerra de Crimea con los rusos defendiendo el oden imperial, hasta la Primera y la Segunda guerra, cuando los aliados autoreferenciados como demócratas, lucharon desde la izquierda primero contra los “hunos” para luego volverse contra el fascismo, y poco más tarde, en Corea, unirse para rechazar en Santa Unión al demoníaco Comunismo. Lo que en esencia constituía un enfrentamientos disimulado entre valores opuestos revestidos de extensas justificaciones dialécticas. En tanto tales justificaron todos los enfrentamientos y tensiones del siglo XX. En sus principios “derecha” significaba rectitud, lealtad -es decir lo correcto desde el punto de vista moral- mientras la izquierda, enemiga del “statu quo”, expresaba lo opuesto. Con el tiempo, estas autodistinciones se borronearon y cada contendiente reclamó valores socialmente positivos para su respectiva posición. Donde, en un balance histórico, dependiendo de las características de cada caso, unos y otros, repartieron triunfos y derrotas.
De todos modos y pese a sus avatares este decisivo clivaje entre ideologías que duró todo el siglo veinte se ha deteriorado de tal modo a partir de los noventa del siglo pasado, que parece espirar. Izquierdas y derechas más allá de las autodenominaciones se combinan y confunden con leve predominio de las segundas, ante la doble caída del marxismo. Rusia no pretende anexionarse Ucrania para instaurar la democracia, ni Estados Unidos reclama Groenlandia o Venezuela para levantar el Capitolio. El conflicto de poderes se ha despojado de cualquier justificación doctrinaria o valorativa. En un debate por el poder duro y puro, Trump reclama Cuba, no por su agónico comunismo, sino por su cercanía con La Florida. Poco le importa la democracia en Venezuela, mientras Delcy “gran trabajadora”, obedezca lo roles petroleros asignados. La ética y la dignidad internacional junto a los complejos razonamientos que las sostenían, se han esfumado junto a la ONU. Desde esta óptica la civilización ha dejado de ser materia y pensamiento, valores y sentimientos, libertad y moralidad. No es extraño que en este mundo triunfe la Inteligencia Artificial.
Ella, como nosotros actualmente, razona pero no siente.