Esa penillanura levemente ondulada, como nos enseñaban en la escuela, es un país con una geografía maravillosa (especialmente la humana) y se llama Uruguay. Nuestra extensión geográfica, que es chica, pero no tanto, nunca fue obstáculo para destacar en el mundo. Y digo no tanto porque en su territorio entrarían (cómodos) Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Suiza, Israel y Luxemburgo.
Así que no vale esa pseudojustificación que en ocasiones se escucha ante las adversidades de que “somos un país chiquito”. Es verdad, no tenemos un mercado enorme como nuestros vecinos, pero eso no es una desventaja sino simplemente un rasgo objetivo (y permanente) que nos debe marcar el rumbo hacia donde avanzar, que es hacia otros mercados.
Pero no voy a hablar ni de mercados, ni de comercio exterior, tampoco de la geografía de ríos y sierras. Quiero detenerme a hablar de geografía humana, esa riqueza antropológica que tiene nuestro país y son los uruguayos.
Nuestra idiosincrasia es liberal, respetuosa, con un sistema inmunológico fuerte frente a los atropellos y los excesos. Nuestra sociedad tiene rechazo, venga de donde venga, por la violencia verbal que impera en el mundo moderno. Esa radicalización que lleva al choque también en el debate. Tal vez como consecuencia de nuestra “actitud moderada” es que no gustan los que se pasan de rosca. Para muestra un botón: un artista argentino en los últimos días debió suspender una serie de funciones teatrales en Uruguay por una seguidilla de actitudes groseras, displicentes, soberbias y casi agresivas. Es así, el uruguayo te saca la roja directa, pero de callado, sin aspavientos, con una firme pero serena determinación te hace ver que no hay lugar para los que se pasan de vivos.
Esa idiosincrasia hace que los radicales agresivos dentro de los partidos políticos reciben no solo el rechazo de la sociedad sino el de sus propias colectividades. La manada se autorregula, en una especie de código tácito donde se intentan preservar las formas.
Los uruguayos somos buenos, pero somos mejores de lo que creemos. Hay una especie de humildad obligatoria que viene con la cédula. En nuestra sociedad hay una imperceptible necesidad de no sobresalir de la media. El “ahí vamos, tirando” es un leitmotiv de la “uruguayez” que nos hace navegar con la corriente, alejado del sobresalto. Esa percepción de creer que lo de afuera siempre es mejor a veces atenta contra la concepción realista de lo buenos que somos.
Solo prestamos atención a nuestras virtudes cuando desde afuera nos halagan con admiración y cariño.
El crecimiento económico de nuestro país en los últimos tiempos se debe entre otros factores al aumento de la inversión extranjera directa. En 2022 creció un 155% según la Cepal
Para que entren cerca de US$ 9.325 millones, que es 4,4% de lo que entró en América del Sur, deben confluir una serie de factores económicos, pero también humanos.
Obviamente la seguridad jurídica, la estabilidad financiera, la fortaleza institucional, la transparencia del Estado, son factores vitales, pero la geografía humana que da la idiosincrasia uruguaya termina de convencer.
Esa mejor versión nuestra aflora sin necesidad de comparaciones, pero se maximiza con ellas.
La opinión de nuestros hermanos argentinos cuando nos eligen para residir es importante, pero se hace desde el cariño y la frecuente frustración de quien decide vivir fuera de su país. Naturalmente los halagos vienen desde la dicha de quien encuentra acá lo que no encontró en su lugar de origen.
Pero cuando europeos o norteamericanos eligen Uruguay para vivir lo hacen desde la convicción. No es tan cómodo cruzar océanos o continentes. Debe existir un faro que los atraiga, y ese faro son los valores y la cultura.
El mundo se encuentra lleno de opresiones y los derechos humanos son amenazados cada vez más duramente y con mayor frecuencia. En ese contexto global, nuestro país aparece como un faro de libertad. Pero con una importantísima particularidad: hoy hay un Presidente que es su mejor vocero. La libertad no hay que naturalizarla y darla por obvia, hay que valorarla y gritar a viva voz en defensa de quienes no la tienen. Uruguay se ha rejerarquizado en los últimos tiempos por defender en forma expresa la necesidad de democracia de quienes la carecen. Cuando se denuncia a Nicaragua, Cuba o Venezuela, se está definiendo a sí mismo como un país enteramente democrático. Sí, cuando Lacalle Pou defiende, define.
La riqueza a veces ignorada de nuestro capital humano debe ser donde estribe nuestro futuro. No está mal reconocer lo que somos, sabiendo nuestras dificultades y nuestras posibilidades. Carl Jung decía “yo no soy lo que me sucedió, yo soy lo que elegí ser”. Y cabe preguntarse: ¿sabemos lo que queremos ser?, ¿sabemos cuál es el rumbo? Esas definiciones vitales dependen de la sociedad toda, de una gobernanza transversal que convoque a todos. No es el gobierno de turno quien hará magia y nos llevará donde queremos. Porque ante todo, debemos saber qué queremos.
Para un barco sin rumbo cualquier viento es el correcto. Conocer nuestro rumbo es el primer gran paso, y debemos hacerlo reconociendo que la tripulación que tenemos es la mejor que un país podría tener. Especialmente en el Uruguay de hoy, nuestra mejor versión, el mejor Uruguay.