FRANCISCO FAIG
En su particular Historia económica del Uruguay, Ramón Díaz relata cómo se terminó de una vez y para siempre con cuatro décadas de control de cambios en el mercado financiero del país. Fue en septiembre de 1974 con una modesta nota del Ministro de Economía Alejandro Végh al Directorio del Banco Central, que dio lugar a una sencilla circular interna destinada a instrumentar la decisión. Sin proyectos de ley, sin decretos, sin grandes aspavientos.
La efectiva reforma del Estado sufre de los discursos grandilocuentes sin traducción concreta.
Es claro que no hay reforma del Estado sin participación de los funcionarios. En nuestro corporativo Uruguay, es imposible llevar adelante nada sin (al menos) el conocimiento y la opinión de los principales involucrados. Y de los poderosos sindicatos públicos.
La idea presidencial de promover una clase de servidores públicos imbuidos del orgullo de la función pública, mejor pagos y a los que más se les exija, no está mal; y está bien que a igual función- igual remuneración.
Pero es claro que frente a un gran proyecto de poder como es el Frente Amplio, hay que mantener las estrictas garantías que protegen a los funcionarios públicos de persecuciones políticas, y en particular, las que les aseguran su destitución por ineptitud, omisión o delito.
De lo contrario, el Estado, partidizado, se transformaría en una (mayor) agencia de colocaciones de la izquierda.
¿Cómo implementar criterios de productividad y calidad de gestión en el Estado? No se enfrenta al mastodonte dando más dinero. Ya pasamos por eso con los funcionarios de la Intendencia de Montevideo y los de la Universidad de la República. Las dos siguen siendo un desastre de gestión.
Se precisa sí, la multiplicación de las pequeñas decisiones revolucionarias. Ejemplos.
Certificados médicos. En el mundo real y cotidiano, es imposible conducir una oficina eficientemente si recurrentemente sus funcionarios dan parte de enfermo. El drama de los certificados médicos no es que sean truchos; es que demuestran que se enferman más seguido los funcionarios públicos que el resto de los mortales.
Antigüedad. Es también imposible mejorar la gestión de una dependencia si el gran criterio de ascenso es la antigüedad, en tiempos de revolución tecnológica y de comunicaciones que exigen respuestas rápidas, formación continua y eficiente, que premian la adaptabilidad y la flexibilidad.
Productividad. En el Estado están los que cumplen la tarea con responsabilidad, y están los que, incluso a ojos vista, no hacen nada. Peor: estorban, consumiendo además, recursos públicos. Una Intendencia hace años atrás intentó una solución desesperada: poner a ese tipo de funcionarios en un mismo lugar, apartado y sin tareas relevantes asignadas. Sin llegar a tanto, no parece descabellado exigir que todos los funcionarios públicos trabajen todo el horario.
El camino al infierno está plagado de discursos de buenas intenciones. Se precisan medidas concretas para que la reforma del Estado deje el purgatorio.