Pablo Da Silveira
La información publicada el domingo por este diario es estremecedora: en este momento hay 409 postulantes a recibir un niño en adopción y 250 niños viviendo en hogares del INAU. Quiere decir que, en principio, todos los chicos podrían ser adoptados y más de la mitad de los postulantes podrían recibir un chico. Pero en el año 2010 solo se concretaron 24 adopciones. Eso equivale a la tercera parte de las realizadas en 2009.
Alguien podría decir, con razón, que no es realista aspirar a colocar a todos los internos. En Uruguay como en todas partes, la gran mayoría de los postulantes aspira a recibir un recién nacido. Esto tiene la triste consecuencia de que, cuanto más se demora en entregar a un niño en adopción, mayor es la probabilidad de que nunca sea adoptado.
Pero este factor opera desde siempre, de modo que no puede explicar la caída en las cifras. La verdadera causa es la ley aprobada a fines de 2009, que entregó al INAU el monopolio de las adopciones.
La situación actual es ante todo un drama que afecta a mucha gente. Pero además puede ser vista como una metáfora sobre el modo en que gobierna la izquierda y sobre las consecuencias que esto tiene para el país.
En una época en la que todo el mundo admite que los monopolios son nocivos, nuestra izquierda los adora. No solo es incapaz de eliminar los que existen, sino que ha creado otros nuevos. Uno de los más dañinos es el monopolio de la decisión de compra de equipos médicos, que generará atrasos letales y fomentará la corrupción.
Parte de este amor por los monopolios es ideológico. Algunos miembros del gobierno creen en la fantasía de un Estado plenamente racional y eficiente, capaz de compensar las flaquezas de la sociedad. Esta es una idea que el mundo abandonó hace treinta años. Por razones que tienen que ver con su propia lógica (funciona con plata ajena, nadie paga las consecuencias de sus decisiones), el aparato estatal nunca será eficiente ni racional, sino todo lo contrario.
En otros casos, el motivo para instalar monopolios es conformar a ese aliado difícil que son las corporaciones enquistadas en el aparato estatal. La decisión de entregar el control de las adopciones al INAU, excluyendo al mucho más eficiente Movimiento Familiar Cristiano, se parece a la decisión de otorgar el monopolio de los alertas climáticos a la Dirección General de Meteorología, justo después de que ese organismo fallara en pronosticar el peor temporal en décadas.
La ley de 2009 también muestra la tendencia de los gobiernos frentistas a crear malas estructuras de incentivos. El INAU se encarga de entregar chicos en adopción y de albergarlos en hogares. Si la primera tarea se cumple con total eficacia, quienes cumplen la segunda se quedarán sin trabajo. La lógica corporativa se encargará de que eso nunca suceda.
Por último, a este gobierno no le preocupa, como mostró en el caso de la Ley de Educación, cometer gruesos errores que suelen ser homenajes a sus propios fantasmas. Y tampoco se apura a corregirlos. Total, la factura la pagan otros, como los chicos internados en el INAU y las personas que quieren adoptar.