El presidente Orsi encabeza un gobierno bifronte y le resulta muy difícil conformar a los sectores opuestos que le dieron sus votos. Tan es así que en su gabinete conviven Oddone, un economista sensato, con Castillo, un militante sindical que parece vivir en1848. Unos se enojan porque hablando en la ONU sobre la guerra de Gaza no acusó a Israel de “genocidio” sino solamente de “barbarie”, otros porque hablando de Nicaragua, Venezuela o Cuba no dice “dictadura”, sino “autoritarismo”. De eso se trata este gobierno: de lo que se dice, ya que lo que se hace es por ahora muy poco. Y algunas cosas fueron tan erradas y absurdas que tuvieron que dar marcha atrás, como en el caso de no poner el lugar de nacimiento en los pasaportes. Hablando de pasaportes, Orsi afirmó que estaba a punto de lograr que los uruguayos pudiéramos entrar a los EE. UU. sin visa. No solo no lo logró, sino que entramos en la lista de los países a los que se negará la visa de inmigrantes.
Es así que, al no haber sido agraciado Orsi con el don de la elocuencia, debe hacer malabarismos para no enojar a sus votantes y ello resulta en que no dice nada concreto nunca.
El 5 de enero hizo una declaración sobre Venezuela en la que, después del galimatías habitual, remató con “El fin no puede justificar los medios”.
En una columna anterior titulada “El amor a la verdad” listé una decena de falsas citas que suelen repetirse sin verificar. Einstein es el campeón de las citas apócrifas, se ha convertido en un ícono pop y se le atribuye todo tipo de sabiduría, mucho más allá de la física. Otros son el Quijote, el Principito y algunos más. Una de las citas falsas más usadas es “El fin justifica los medios”, erróneamente atribuida a Maquiavelo, un filósofo de inmerecida mala fama quien jamás escribió tal cosa.
Pero no quiero irme de tema, ya sé que mi lucha contra las citas falsas es una causa perdida. Quisiera analizar lógicamente si es cierto o falso decir:
El fin justifica los medios;
El fin no justifica los medios;
El fin siempre justifica los medios;
El fin nunca justifica los medios.
Las dos primeras proposiciones no tienen sentido. Todo depende de la relación entre el fin y los medios.
Quien quiera ir a su trabajo, un medio adecuado es tomar un ómnibus. No estaría justificado, por ejemplo, alquilar un helicóptero para el mismo fin. Los otros dos enunciados implican un sentido moral y un acento especial según quien lo dice sea partidario o no del fin perseguido o se vea afectado o no por los medios empleados.
Si el fin siempre justifica los medios, para un partido político que quiera ganar las elecciones, sería válido mentir al electorado y hacer promesas que saben que no podrán cumplir.
Si el fin nunca justifica los medios, ninguna cirugía sería posible.
Si le preguntamos a alguien si le gustaría que le afeiten el pelo, le hagan un tajo en la piel, le corten un pedazo de hueso del cráneo y accedan a su cerebro para cortar o aspirar parte de él, nadie en su sano juicio diría que sí.
Pero si el fin es extraer un tumor cerebral que puede causar la muerte, seguramente todos accederían con la esperanza de acabar con sus miedos y sufrimientos, así como los de su familia y sobre todo salvar su vida.
En general esos pacientes son antes vistos por un grupo de médicos que discuten el caso. Por ejemplo, la posibilidad de emplear tratamientos menos invasivos, como radiaciones, medicamentos, etc. que luego se descartan, ya sea porque han sido probados y no dieron resultado en ese mismo paciente o porque la estadística demuestra que los mejores resultados se obtienen en esos casos con una intervención armada.
Armado con jeringas, bisturí, taladro, láser, aspiradores, pinzas, y ayudado por un equipo de expertos, el neurocirujano restituye la salud al paciente.
Si en la región en que vive el enfermo no hay un especialista con experiencia en ese tipo de intervención, se puede recurrir a otro de un centro médico especializado, con varias operaciones exitosas de esa clase en su historial.
Porque no cualquiera puede realizar esta intervención sino solo el que reúne las condiciones para hacerlo.
A su debido tiempo, el hueso se pegará, el pelo crecerá y el paciente irá rehabilitándose con la ayuda de otros médicos y técnicos hasta volver a su vida normal.
Hasta hace pocos años, los procedimientos quirúrgicos eran mucho más cruentos, Gracias al progreso de la ciencia y la tecnología médica, hoy en día las intervenciones son más delicadas, más rápidas y seguras. Los cortes son más chicos, los tiempos de hospitalización y de recuperación más cortos y las cicatrices se vuelven casi invisibles.
El abordaje por otras vías sin traspasar la piel, la posibilidad de endoscopía y de guiarse por imágenes para llegar al objetivo sin dañar los tejidos sanos hace que se vuelva más fácil destruir el mal sin afectar demasiado el bien.
El arte de causar el menor daño posible, la precisión en alcanzar lo maligno sin tocar lo benigno ha mejorado en medicina como en otras ciencias, incluyendo la ciencia militar.
En suma, Maquiavelo nunca dijo “el fin justifica los medios” y nadie debería decirlo, porque es falso. Tan falso como lo que dijo el presidente Orsi: “el fin nunca puede justificar los medios”.
Lo importante es balancear la justa proporción entre el fin deseado y los medios para lograrlo.