Desde la primera revolución industrial en adelante, cada cambio tecnológico ha tenido impacto en el mundo del trabajo. También en cada oportunidad se levantaron voces que auguraron la desaparición de los puestos de trabajo.
Incluso, en los años noventa del siglo pasado, hasta se publicaron libros que tuvieron enorme repercusión como el de Jeremy Rifkin, titulado “El fin del trabajo” en el que se pronosticaba que no habría trabajo para los seres humanos en un futuro muy cercano.
Sin embargo, en cada oportunidad, el mercado de trabajo sufrió transformaciones significativas, pero lejos de generar una reducción de puestos laborales, por el contrario, su impacto produjo un aumento creciente y constante del empleo.
Así ha ocurrido hasta ahora. Y los cambios no han sido menores, por el contrario, han existido transformaciones muy abruptas que alteraron las formas de producción económica, los servicios y la vida cotidiana de la gente. Todas estas transformaciones produjeron, además, un incremento muy significativo del crecimiento de la economía en todas partes del mundo.
Se debe anotar, además, que el ritmo de los cambios tecnológicos se ha acelerado enormemente, lo que antes llevaba décadas, ahora transcurre en pocos años.
De hecho, sólo tomando en consideración esta década, en apenas seis años, asistimos a la incorporación del teletrabajo, acelerado además por la pandemia del Coronavirus, que cambió en muchos aspectos los vínculos laborales.
También se incorporó al mundo del trabajo una nueva forma de relación laboral a partir del surgimiento y multiplicación de las aplicaciones, lo que ha cambiado la forma de relación entre trabajadores y empleadores.
Pero ninguno de estos cambios es comparable con la emergencia de la Inteligencia Artificial.
Este es un cambio de tal magnitud que todavía hoy no somos capaces de evaluar el impacto que tendrá en la vida de las sociedades humanas. Ya no es tan fácil pensar que este nuevo salto tecnológico no impacte en la cantidad de empleos futuros. Quizás, a diferencia de todos los cambios anteriores, finalmente este nuevo salto implique una reducción del número de trabajos posibles.
No es posible asegurarlo. Pero lo que sí es muy evidente es que se está produciendo nuevamente un cambio profundo del mercado de trabajo y de los roles laborales; aunque con mayor celeridad, profundidad y abarcabilidad.
Habrá nuevos roles laborales que requerirán de otras aptitudes y competencias, pero la otra cara de la moneda es el profundo impacto que tiene sobre un creciente número de puestos laborales que dejarán de ser requeridos porque las prestaciones de la Inteligencia Artificial se harán cargo de sustituirlos.
Frente a este escenario es imprescindible llevar adelante acciones de política pública urgentes.
En primer lugar, implica tener la mayor capacidad posible de pronosticar cuáles serán los puestos de trabajo que desaparecerán en el corto y mediano plazo para prevenir o amortiguar su impacto social.
En segundo lugar, es necesario prever qué nuevos roles laborales serán necesarios en los nuevos tiempos. Algunas pistas razonables indican que el futuro del trabajo se orienta hacia una valoración creciente de las habilidades digitales y, también, a la importancia de las habilidades transversales o blandas, es decir aquellas que implican ciertas aptitudes de empleabilidad que están más allá de las especializaciones concretas.
De cualquier modo, lo que resulta evidente es que esta transformación no ocurre sin grandes costos sociales. En efecto, han sido y serán muchos los trabajadores cuyas competencias y habilidades dejarán de ser requeridas y, por lo tanto, muchos ciudadanos se enfrentarán a la angustia de no estar calificados para el nuevo mundo laboral.
Por eso es muy importante que las instituciones del Estado encargadas de la calificación para el mundo laboral asuman la enorme responsabilidad de construir y actualizar las opciones de formación necesarias, ofreciendo de manera oportuna, capacitación y cursos con urgencia en línea con el mundo venidero.
Es por eso que el sistema educativo formal y, especialmente la Educación Técnico Profesional, por un lado, y el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional, por otro, deberían actualizarse con total urgencia de manera tal de estar a la altura de los desafíos pendientes.
Esta es la única manera de responder al enorme problema que tenemos por delante y evitar que muchos uruguayos, en particular los más débiles y vulnerables, se queden por el camino, con el consiguiente impacto de aumentar la crisis de nuestra integración social.