El ejemplo y el voto

LEONARDO GUZMÁN

Salí a Auckland mientras en Montevideo menudeaban las quejas por el bajo nivel de la campaña preelectoral.

La misión de la propaganda no es agradar a los politólogos. Es esclarecer a qué se compromete cada uno. Es exponer los talentos y virtudes de quienes aspiran a ser primeros entre sus pares, que somos todos nosotros. Es enamorar de ideales.

Si se las mide con esa vara, las quejas son erradas e injustas. En programas y compromisos, la campaña 2009 no es pobre y oscura sino rica y abierta. Y en exhibición del quién es quién, constituye una joya.

Detengámonos en las dos fórmulas con chance para el balotaje decisor.

Los Dres. Lacalle y Larrañaga plantean una catarata de proyectos concretos a partir de una filosofía con matices, pero común. Su entrega de claridades no puede ser mayor. Su programa apuesta a la libertad civil como matriz del espíritu pionero y a la redistribución por acciones e impuestos que no susciten guerra de clases.

Su identificación institucional no deja dudas. Su oferta de entregarle al perdedor la Junta "Anticorrupción" y su llamado a que todos respetemos a los contrarios alcanzan dimensión histórica.

Los senadores Mujica y Astori tampoco están faltos de programas. Más bien les sobran. Tienen dos, al punto que uno se exhibe como garantía de cultura, capitalismo posliberal y TLC con EE.UU. y otro se identifica con la chabacanería y la izquierda sesentista. Su más conspicuo votante radiografió "estupideces" en el discurrir espontáneo de su delfín, pero eso no indica pobreza de la campaña electoral: prueba carencia de atributos esenciales en el candidato. Demuestra que lo que allí falla no es la temática sino el modo de plantarse y la estructura del pensar.

No es cuestión entonces de darles a todos parejo. Las diferencias de proyecto de persona y de país están a la vista. Quienes no resisten la comparación no merecen que se les regale el beneficio de igualarlos bajo el manto incoloro de una supuesta chatura general. No es insípida una campaña en que un candidato declara descreer, a la vez, de la Justicia y de sus correligionarios.

No es pobre una contienda donde un postulante teme debatir con otro, pero tropieza y desafina en dúo consigo mismo. Cuando una puja termina por nocaut, ¡el resultado no es mediocre sino ilevantable!

Duele repasar los términos de esta disyuntiva nacional estando por unos días en Nueva Zelanda, cuyos 4.500.000 habitantes juntan en la opulencia a maoríes, kiwis e inmigrantes. Viven la apertura que, en otro contexto y con otros protagonistas, conoció el Uruguay antes de fracturarse por cerrazón, intolerancias y fanatismos.

Duele y alecciona: el vigor económico neozelandés se enraíza en una honda formación personal. Es en el cultivo anglosajón de cada individuo donde Nueva Zelanda forja la pulcritud de sus calles, la obediencia a sus semáforos, su baja tasa de delincuencia, la autoridad de sus universidades y la calidad de su agro: su PBI -fuente: FMI- está 27º en el mundo, mientras el Uruguay, con menos de la mitad de renta per cápita, se relega al 64º.

Duele y evidencia: el humus nacional sólo hallará destino si revertimos nuestra caída libre hacia la incultura y recuperamos el rigor del pensar y el actuar, anteriores al capitalismo y el socialismo.

Y eso muestra que la campaña electoral en marcha, lejos de ser anémica o gris, es luminosa.

Deja a la vista la clase de persona, de economía y de alma que al Uruguay le abren uno u otro camino.

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