Cuando me lo contaron, sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas.” Este verso de Bécquer me recorrió las vísceras cuando supe que un telefonazo de Donald Trump al tal Infantino bastó para que la FIFA anulara la tarjeta roja de un tal Folarin Balogun y lo habilitara a jugar contra Bélgica.
La insolencia fue mayúscula. Desde luego, con esta intromisión Trump hizo menos daño directo que el que infiere con sus tuits y decisiones sobre guerras, inmigrantes y otras calamidades. Pero esa llamada proclamó sin pudor que el poder geopolítico se atreve a mandar más que las normas y osa manejar como marionetas hasta las ínfimas hilachas del fútbol. Y eso es una blasfemia.
En el Uruguay, el fútbol fue honrosa escuela de acatamiento a las reglas del juego. Lo aprendimos leyendo a Badano en El Día, a Davy en El País y a Miraglia en La Mañana. Lo remachamos oyendo a Semino, Gallardo, HL, Oldoine y muchos más, que nos inculcaban que las leyes del juego debían respetarse. Desde el fútbol, hacían docencia jurídica.
Por eso sentimos que la intromisión de Trump en cosas del balompié agredió un rasgo esencial del concepto de Derecho. Bélgica se tomó revancha y eliminó a Estados Unidos, Balogun incluido. Pero el asunto no merece quedar sepultado bajo el viejo aforismo de que “Dios no quiere cosas chanchas”. Porque no hay que dejar ensuciar la ilusión de los niños que compran figuritas, no hay que aceptar un escándalo institucional y, sobre todo, hay que ponerle coto a las escaladas de anti-Derecho que, en el mundo y en Uruguay, descuajeringan el orden normativo.
Aquí en la comarca, tenemos crimen organizado, narcotráfico interno y de exportación, con ristra de víctimas asesinadas a mansalva. A caballo entre la crónica policial y la página política, lentamente va formando hábito y costra en la ciudadanía.
El Uruguay se dejó injertar pensamiento flechado, para encarar temas viejos como las condenas por crímenes del pasado lejano y temas actualísimos como las denuncias por violencia de género, a cuyo respecto muy bien ha señalado la Prof. Dra. Beatriz Scapusio que “cuando un sistema pierde la capacidad de distinguir entre protección a las víctimas y presunción automática de culpabilidad del imputado, deja de buscar la verdad para transformarse en un mecanismo de confirmación de prejuicios.” Y esa dramática realidad a nadie asusta, porque la búsqueda de la verdad ya nos fue obturada desde 2018 por la cruza de indagación fiscal con procesos abreviados que nos encajó el esperpéntico Código del Proceso Penal.
Tampoco sorprende que las Fiscalías descansen sobre cientos de expedientes inmóviles y que los denunciantes carezcan de las garantías que les prometió la propaganda. Eso, sumado a una Fiscalía de Corte que lleva 4 años y 9 meses en estado coloidal de subrogación, nos muestra un Derecho con baja tensión, afectivamente dormido y conceptualmente enclenque.
El Derecho no puede reducirse a una angustia íntima. Está `para aplicarse con alma de justicia. De su vigencia depende que nos propongamos ser un país culto y pacífico o que retrocedamos de la civilización a la barbarie, distraídos con la medición del PBI y los pujos anuales por la Rendición de Cuentas.
Es que el Derecho es el mínimo de amor y respeto al prójimo que nos debemos para vivir como personas. Por eso su hecatombe nos duele y nos llama a una batalla ciudadana urgente.