El deporte femenino

Hubo un tiempo en que el deporte femenino sobrevivía casi a escondidas: menos cámaras, menos presupuesto, menos espacio, menos relato. No faltaba talento o sistema, faltaba la decisión colectiva de mirar en serio.

Eso está cambiando, y no de manera simbólica, sino estructural.

El crecimiento del deporte femenino ya no puede leerse como una tendencia pasajera. Hoy es una industria en expansión. En el 2025, el deporte femenino de élite superó los US$ 2.350 millones en ingresos globales, según estimaciones de la agencia Deloitte. Dentro de ese universo, el fútbol femenino lidera el crecimiento, proyectando más de US$ 820 millones anuales, con un aumento sostenido año a año. El punto de inflexión fue claro, ya que durante la Copa Mundial Femenina de la FIFA en el 2023, que no solo rompió récords: los redefinió. Más de 1,97 millones de personas asistieron a los estadios, tuvieron una ocupación de casi 87%, y aproximadamente 2.000 millones de espectadores a nivel global.

Las marcas ya no están explorando: están invirtiendo. Más del 85% de los patrocinadores reporta que sus inversiones en deporte femenino han cumplido o superado expectativas, confirmando un cambio de fondo: dejó de ser una iniciativa de posicionamiento para convertirse en una estrategia de negocio con retorno, impulsada por una audiencia más fiel, más involucrada y con un peso creciente en las decisiones de consumo.

Ya no estamos discutiendo si el deporte femenino interesa. ¿La discusión ahora es cuánto más puede crecer cuando por fin se lo gestiona con visión? Un informe de Nielsen proyecta que el fútbol femenino pasará de 500 millones de aficionados en el mundo a más de 800 millones hacia 2030, lo que lo ubicaría entre los cinco deportes más vistos del planeta.

Durante años, al deporte femenino se le exigió una perfección que rara vez se le pide al masculino. Debía llenar estadios sin inversión o visualización previa, generar ratings sin ventanas consistentes, producir ídolas sin estructura, y aun así, creció. Por eso, lo que estamos viendo ahora importa tanto. Porque este crecimiento no nace de la nada: nace de años de resistencia silenciosa, de generaciones de mujeres que empujaron sin condiciones. Hoy esas puertas empiezan a abrirse, y cuando se abren, el efecto es expansivo.

El fútbol femenino, por ejemplo, no solo está creciendo como competencia, se está consolidando como producto cultural. Tiene narrativa, identidad, cercanía con audiencias jóvenes, y en un mundo donde la atención es el activo más disputado, eso se convierte en valor económico real.

La proyección es contundente. La propia FIFA se ha fijado el objetivo de alcanzar 60 millones de jugadoras registradas en el mundo para el 2027, lo que implica una expansión significativa de los actuales 29 millones. A partir de septiembre de 2026, la FIFA exigirá que todos los cuerpos técnicos en competiciones femeninas, incluyendo el Mundial Sub-20 en Polonia, incluyan al menos dos mujeres (una entrenadora principal o asistente), según normas aprobadas este pasado marzo, una medida que apunta a acelerar el desarrollo técnico y profesional dentro del ecosistema.

Ahora bien, este fenómeno global también empieza a reflejarse, con matices, en mercados más pequeños como el Uruguay.

En los últimos años, el fútbol femenino uruguayo ha mostrado avances concretos. Existe hoy un camino hacia la profesionalización de la Primera División, acompañado por decisiones institucionales relevantes a nivel regional, como la exigencia -impulsada por FIFA y CONMEBOL desde 2018- de que los clubes de primera cuenten con su contraparte femenina.

Si bien aún no se trata de una liga plenamente profesional, el crecimiento es visible. Hay más jugadoras federadas, más partidos organizados y una mayor presencia mediática que, aunque todavía limitada, comienza a instalar nuevas narrativas. Lo que antes era periférico empieza a acercarse al núcleo del sistema. Ese cambio cultural es clave, porque ningún mercado crece solo por inversión; crece cuando cambia la percepción.

Uruguay tiene una oportunidad particular. Por su escala, puede moverse con mayor agilidad, innovar más rápido, conectar mejor con sus audiencias y construir modelos propios, sin replicar estructuras ineficientes de mercados más grandes. Pero eso requiere una decisión clara: dejar de tratar al fútbol femenino como un apéndice y empezar a gestionarlo como un activo estratégico, con una lógica de comercialización propia, diferenciada del fútbol masculino y alineada con sus audiencias, sus marcas y su potencial de crecimiento.

¿La pregunta ya no es si va a crecer, la pregunta es quién va a capitalizar ese crecimiento?

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