El corazón de las tinieblas

LUCIANO ÁLVAREZ

En 1889, Józef Teodor Konrad Nalecz-Korzeniowski firmó un contrato por tres años con "La Societe Anonyme pour le Commerce du Haut-Congo". Es un marino polaco de 32 años, a quien la historia conocerá como Joseph Conrad, ciudadano inglés y uno de los mayores escritores de esa lengua, que aprendió recién a los 21 años, luego de su polaco natal, el ruso y el francés.

Durante aquel trabajo como capitán de un carguero fluvial, Conrad llenará dos cuadernos de notas, escritas en un estilo telegráfico, pesimista y desesperado: "paisaje gris amarillento", "aldeas invisibles", "chozas destrozadas" "tumba de un hombre blanco, sin nombre", "cadáver de un backongo, muerto de un tiro de fusil, olor pestilente." "Estoy harto de todo este circo, solo espero el final de este absurdo". Volverá a Londres en un estado lamentable, apenas pasado un año, destruido por la malaria, la disentería y la depresión: "Estoy descorazonado, veo todo negro, mis nervios están de punta."

De esta experiencia y del núcleo de aquellos apuntes nació su obra maestra: "El corazón de las tinieblas", una novela corta publicada por entregas en 1899, y en forma de libro en 1902.

El Estado Libre del Congo, el territorio que sufrió Joseph Conrad durante 1890, fue una de las experiencias coloniales más espantosas.

Leopoldo II (1835 - 1909), segundo rey de los belgas, promovió por su cuenta y riesgo, y por fuera del Estado en el que reinaba, la colonización de aquella vasta región en el centro del África. En 1876 creó la Asociación Internacional Africana, presidida por él mismo, para promover la paz, la civilización, la educación y el progreso científico, y erradicar la trata de esclavos. En su discurso inaugural predicó:

"Los horrores de este estado de cosas, los miles de víctimas masacradas por el comercio de esclavos cada año, el número aún mayor de seres absolutamente inocentes que son brutalmente arrastrados a la cautividad y condenados de por vida a los trabajos forzados, han conmovido profundamente los sentimientos de quienes, a todos los niveles, han estudiado con atención esta deplorable realidad; y han concebido la idea de asociarse, de cooperar, en una palabra, de fundar una asociación internacional para dar punto final a este tráfico odioso que es una desgracia para la edad en la que vivimos."

Irónicamente, Conrad refiere en su novela que Kurtz, su desalmado protagonista, también escribió un informe destinado a una "Sociedad para la Eliminación de las Costumbres Salvajes" vibrante de elocuencia e idealismo. Entre 1879 y 1884, Leopoldo II encargó al célebre aventurero Henry Morton Stanley la exploración del Congo. Éste fundó varias estaciones a lo largo del río, y firmó pactos con jefes tribales. Fruto de este proceso, la Conferencia de Berlín (1884-1885) reconoció la creación del Estado Libre del Congo como un territorio perteneciente a Leopoldo II a título personal. El monarca, por su parte se comprometía a suprimir el comercio de esclavos, prohibir la creación de monopolios que coartaran el libre comercio entre las naciones y estimular el establecimiento de misiones y empresas filantrópicas y científicas sin restricciones o impedimentos.

Pero el gran objetivo de Leopoldo era explotar dos riquezas de las muchas de la región: el tradicional marfil y el látex que comenzaba su auge mundial luego de que el veterinario escocés John Dunlop inventara los neumáticos de caucho, en 1887.

Para poner orden y disponer de una fuerza de trabajo en el nuevo Estado libre del Congo se creó en 1886 la FP (Force Publique), reclutada entre los tratantes de esclavos de Zanzibar, los mercenarios de la Costa de Oro, Sierra Leona, y los Haussa, provenientes de Nigeria. A ellos se agregaron las tribus caníbales del Congo, los mejores mercenarios. Un puñado de blancos, convertidos en reyezuelos dirigían estas tropas de saqueadores, asesinos y cazadores de esclavos con otro nombre.

William Hoffman, antiguo asistente de Stanley, de quien no podría decirse que sus ojos fueran vírgenes a las atrocidades, narró cómo colgaban y torturaban a mujeres, y cómo éstas eran despedazadas vivas. Al requerirle a un oficial blanco que interviniera en la acción, éste le había contestado que no tenía ninguna orden "para inmiscuirse en los asuntos de los soldados". Este oficial blanco bien hubiese podido ser el Kurtz de Conrad, que reinaba sobre unos nativos y esclavizaba a otros, torturaba a los díscolos y exponía sus cadáveres empalados para escarmiento público, mientras, acumulaba marfil.

William M. Morrison, misionero de la Iglesia Presbiteriana, fue uno de los que denunciaron la barbarie: "Las incursiones de los comerciantes de esclavos árabes eran menos sangrientas que las carnicerías actuales del ejército de Leopoldo. En cuanto el Rey tomó posesión de este inmenso dominio rápidamente se metamorfoseó de filántropo a comerciante y capataz."

La vida de los nuevos esclavos estaba regulada por un eufemismo denominado "Evangelio del Trabajo en el Estado del Congo", promulgado por el rey el 16 de junio de 1897. Era misión fundamental de los funcionarios coloniales "obligar a la población a las nuevas leyes, y el más imperioso y saludable de los deberes es ciertamente el deber del trabajo."

Hoy, pasado más de un siglo de aquellos sucesos, en el Congo y en buena parte del África, dice F. Westenfelder, ("El Planeta Kurtz", 2002), "centenares de niños [aun] son secuestrados y forzados a convertirse en soldados, los Señores de la Guerra saquean los tesoros naturales de las tierras, y el mundo civilizado se estremece todavía cuando vuelven a relatarse noticias de masacres, cruentas torturas y `trofeos` humanos."

Kurtz sigue vivo en el corazón del Congo, no tiene etnia ni color de piel; sólo carece de frenos para satisfacer sus apetitos, diría Conrad. Ha optado por el mal representado por las oscuras selvas, ha escuchado su voz. "Me imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que no conocía, cosas de las que no tenía idea hasta que se sintió aconsejado por esa gran soledad... y aquel susurro había resultado irresistiblemente fascinante. Resonó violentamente en su interior porque tenía el corazón vacío."

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