Tan impactante y confirmatorio fue el testimonio del presidente de la República Dr. Jorge Batlle el viernes pasado en "Agenda Confidencial" que, inconscientemente, nos hizo retrotraer a las duras jornadas vividas en el año 2002.
Como nunca en el pasado, el Uruguay y la región concluían abruptamente, un proceso de aceleradísimo crecimiento. El destino enfrentó a la Administración surgida de las elecciones nacionales celebradas en el año 1999, a encontrar las soluciones a la coyuntura más compleja de las últimas décadas, mientras desde los partidos políticos uruguayos contemplábamos azorados el desbarranco argentino. La seguidilla de Presidentes que siguió a la huida de De La Rúa, presagiaba el arribo de oscuros nubarrones a nuestro suelo.
Desde el mismo 15 de enero de ese año tuvimos pleno conocimiento de lo que podía pasar. En una entrevista con parlamentarios del Partido Nacional, el ministro Alberto Bensión —de quien siempre destaco su honestidad intelectual—, mostraba estadísticas que auguraban serias dificultades, tanto por la desaparición del mercado brasileño como por una caída cercana al 10% de la economía argentina, que a raíz de nuestra histórica dependencia regional, nos provocaba un verdadero nudo en la garganta a todos los integrantes de la delegación nacionalista allí reunida.
Lo demás es conocido, ajuste fiscal, corrida, estafas en los bancos privados, devaluación, ajuste fiscal y feriado bancario.
La mañana del miércoles 31 de julio confirmaba todas las especulaciones relatadas por el Presidente y junto a una estudiante de Ciencias Políticas, a quien ingenuamente le rogué discreción, nos llegaba la noticia del no funcionamiento del clearing bancario y el decreto de feriado, dando inicio a los 5 días más angustiantes de mi vida.
El Uruguay estaba a la deriva, nadie en su fuero interno podía predecir con claridad el resultado de las negociaciones. Desde Washington surgían novedades que la distancia y los voceros las transformaban en un teléfono descompuesto lleno de interrogantes.
Pero pese a las presiones, al Fondo Monetario, a los acostumbrados agoreros del desastre que no acompañaron la propuesta y al clima de guerra interna con helicópteros en la calle, nuestra sociedad pudo salir de ese difícil trance, quedando para el anecdotario jocoso la espera del avión cargado de miles de millones de dólares que a lo largo y ancho del ambulatorio parlamentario todos esperábamos que aterrizara de un momento a otro.
Son interminables los recuerdos de los llamados, los e-mails, los testimonios de angustia, pavor, miedo, recelo y corporativismo, las marchas, caceroleos y desesperación que este periplo de seis meses trae a mi memoria. Todo tambaleó y como nunca antes, al menos para los de mi generación, experimentamos la angustia de vivir en la total incertidumbre, más allá de que aún no tenemos la distancia suficiente como para apreciar todas las consecuencias derivadas de todo lo acontecido en esos días.
Tiempo habrá para el análisis, desmenuzar las conductas y las actitudes. Pero a escasos 11 meses de aquellos dramáticos días, vale la pena destacar, como ha sido tradición en los orientales, el inmenso espíritu de sacrificio que al igual que en otras epopeyas nacionales permitió que los valores de libertad, tolerancia y paz siguieran siendo elementos indisolubles que nos identifican como nación.
Ojalá que este calvario actúe como el desencadenante que nos permita vernos más como igualmente uruguayos, haciendo énfasis en todo lo que nos une desde el mismo comienzo de nuestra historia y no en las divergencias menores que sistemáticamente nos impiden avanzar.