El brazo roto

Enrique Beltrán

No he querido verlo. Me han dicho hace varios días que han roto el brazo en alto del monumento a mi padre. Allí en la plazoleta que se encuentra frente a la casa en que vivió y en cuyo frente sigue luciendo todavía la placa que así lo indica desde hace ochenta y cuatro años.

Llegaron a él esos vientos sucios. Siempre lo son de la incultura. A veces son también de la codicia, de la intolerancia, de la droga, o simplemente de la estupidez y de la barbarie, los que desde hace tiempo han venido azotando nuestros monumentos en calles y plazas. Sabemos que nada respetan; ni su belleza, ni los altos valores que representan, ni el reconocimiento popular que lo erige. Son aleves esos vientos. Siempre se valen para la mutilación o el agravio, de la descontada inmovilidad del bronce o de la piedra donde se corporizan para perdurar, los sentimientos y las emociones que un día le dieron forma.

Le arrancaron el brazo en alto. Al conocer la noticia, llevé inconsciente mi mano al hombro derecho, porque aquella imagen, mucho antes de que el artista la lograra en el monumento, había estado fijada en nosotros, desde nuestra temprana niñez. Por eso es que estaba en el bronce. Entre los papeles que con devoción callada fue recogiendo mi madre a todo lo largo de su actuación política, habían unos que referían la participación de aquel muchacho en un congreso internacional de estudiantes que se había realizado en Santiago de Chile. Allí, según rezaban las crónicas, había tenido una actuación muy destacada. Fue entonces, en ocasión de aquel congreso, que ante la cámara fotográfica de uno de sus amigos, con ánimo desenvuelto y alegre, posó, sobre unas piedras que le servían de pedestal, para bromear acerca de cómo sería su monumento.

Muchas décadas después correspondió a la magia del artista Heber Ramos Paz llevar aquel fugaz sueño juvenil, expuesto seguramente entre risas y chacota, a la grave belleza del bronce que perdura. Entre una cosa y la otra, habían doblado las campanas para los grandes llamados. Mucha había sido su siembra pero bien corto fue su trillo. El Dr. Luis Alberto Lacalle como Presidente de la República inauguró el monumento, y pronunció un discurso inolvidable. Sí; el monumento que recogía aquel sueño premonitorio. Premonición de gloria, y tal vez de temprana muerte. Al cabo de pocos días, en esta misma columna volcaba la emoción que el acontecimiento me despertaba y entre otras cosas decía, algo más o menos así: ¿Cómo no conmovernos, si la pose para su propio monumento que poco más que adolescente, ensayaba entre sus amigos, mucho en broma y quizás algo en serio, era la que desde niños habíamos visto en los recortes amorosamente guardados, y ahora la veíamos levantada frente a nosotros, embellecida y fijada a través de los tiempos?

Esta es la historia del brazo arrancado. De alguna manera, volverá seguramente a su lugar. Y allá seguirá, como él lo soñó, su brazo levantado apuntando al cielo, invitándonos para superarnos siempre en el amor a nuestra tierra, a nuestras libertades, a nuestra gente y también a nuestra blanca divisa.

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