LUCIANO ÁLVAREZ
Alemania, agosto de 1932. Los nazis acaban de convertirse en el primer grupo parlamentario, con el 37% de votos. Sin embargo buena parte del sistema político aun se resiste a aceptarlos y no son convocados a formar gobierno, ni siquiera son considerados para integrarse eventualmente al próximo gabinete.
En las calles la violencia es banal, sangrienta y cotidiana. Todos los partidos políticos mantienen milicias armadas, incluso el moderado y republicano partido socialdemócrata. Solo los nazis tienen una fuerza de choque -las SA- que encuadran 400.000 hombres en uniforme pardo. El partido dispone de una enormidad de recursos económicos para mantenerla.
Cientos de miles de desempleados, víctimas de la desafiliación social y la desesperación que el paro supone, encuentran un nuevo modo de encuadramiento social: amistad y camaradería, jefes, un enemigo y empleo del tiempo (ejercicios, entrenamiento, reuniones, violencia); también dinero y alojamiento. Las milicias reclutan a muchos de aquellos que, habiendo vivido la guerra, no lograban adaptarse a la paz y se reencontraban con el prestigio del uniforme, el culto rendido a la violencia y a la banalidad de la sangre derramada. Los muertos en las calles se cuentan por centenares. Alemania no es una excepción, aunque es seguramente el peor ejemplo de lo que el historiador George L. Mosse llamó "la brutalización de las sociedades europeas".
De ese contexto, Johann Chapoutot, historiador francés, estudió un hecho policial, aparentemente banal, pero sobre el que basa su tesis de que con él se produce una inflexión fundamental en la historia alemana. "Le meurtre de Weimar "("El asesinato de Weimar") publicado en 2010 ha merecido importantes premios y reconocimientos.
Potempa es una pequeña ciudad de 5000 habitantes en Silesia, sobre la frontera polaca. Una región casi marginal, un pueblo que apenas figura en el mapa.
Durante la noche del 9 de agosto de 1932 un grupo de SA está reunido en una taberna. Han bebido mucho, aun para sus estándares y cinco de ellos deciden cerrar la jornada saliendo a cazar comunistas. Es fácil localizarlos, en el pueblo todo el mundo se conoce. Recorren las calles y golpean en la puerta de varias casas. En algunas no logran entrar, en otras hay perros guardianes y no están tan borrachos como para desafiarlos. Es la una y media de la madrugada del 10 de agosto -este dato es crucial para la historia- cuando invaden la casa de Konrad Pietzuch, un minero polaco y militante comunista, que está durmiendo. Vive con su madre y un hermano que presencian como lo golpean salvajemente, le rompen la carótida a patadas y por fin le meten una bala en un pulmón; el cadáver presenta catorce heridas.
En esa medianoche había entrado en vigor un decreto ley del gobierno que creaba tribunales especiales para el tratamiento de los asesinatos políticos: debían resolverse en juicios inmediatos y solo se presentan dos alternativas: absolución o pena de muerte. El crimen se había cometido pasada una hora y media de la entrada en vigor de ese decreto de combate al terrorismo. De modo que los cinco asesinos de Potempa serán los primeros en ser juzgados según este decreto ley.
Potempa y Beuthen, la ciudad de la Alta Silesia, donde se realiza el juicio, convocan el interés de toda Alemania. El hecho se convierte en tapa, en detallados artículos e editoriales de toda la prensa.
Los nazis, en particular las SA, se movilizan para presentar a cinco cobardes asesinos como héroes de la Alemania combativa que había defendido su causa en el campo del honor. Produjeron los tradicionales disturbios, las tiendas judías de Beuthen fueron apedreadas y se atacó la redacción del periódico local socialdemócrata. En circunstancias normales el proceso hubiera sido largo, pero no bajo esta excepcionalidad. En tres días se dicta la pena de muerte.
Hitler y la cúpula del movimiento dudan. Embarcados en una táctica legalista que le había permitido pasar del 2 al 37 % del electorado en apenas tres años, el caso de Silesia no podía más que incordiarlos. Si guardaban silencio se malquistarían con las poderosas SA dirigidas por Ernst Röhm, el único de los jerarcas nazis que se tuteaba con Hitler. De lo contrario la táctica legalista se hundía ante lo evidente.
Hitler hace el balance y toma un camino que será su estrategia en los siguientes seis años, culminada en el pacto de Munich. Es la táctica del jugador que, aun sin cartas, sube la apuesta, convencido de que sus adversarios son unos pusilánimes que cederán. Entonces no solamente manifiesta su solidaridad en relación a estos "cinco héroes de la causa alemana" sino que lanza un ultimátum al gobierno para que los libere o "no retendré a mis hombres […]. El combate por la vida de nuestros cinco camaradas apenas comienza." El 23 de agosto envía un telegrama a los condenados: "Camaradas, en vista de este veredicto monstruoso escrito con sangre, me siento unido a vosotros por una lealtad sin límites. A partir de este momento vuestra libertad es para nosotros una cuestión de honor. Es nuestro deber luchar contra un gobierno que permite esto." Hitler ha hecho su apuesta: está seguro que el gobierno es demasiado débil y va a recular. No se equivoca.
Johann Chapoutot cierra su obra diciendo que "La credibilidad del régimen de Weimar se termina el 2 de septiembre de 1932, a partir del momento en que se conmuta la pena de muerte por prisión perpetua". (Apenas Hitler acceda al poder serán liberados). Ese día, concluye Chapoutot, el gobierno de Weimar ha quebrado el "Estado de derecho" para aceptar un "Estado de no-derecho".
La tesis es bien interesante, puesto que supone que en instancias de crisis social la frontera entre de estos dos estados es tan frágil que incluso puede pasar inadvertido el momento en que se entra en un "Estado de no derecho". Pero al mismo tiempo puede agregarse un corolario. El "Estado de no derecho", la situación en la cual la sociedad está librada a las arbitrariedades e intereses de grupos en pugna, es naturalmente inestable y solo es una transición hacia la guerra civil, el totalitarismo o la dictadura.
Las milicias reclutan a muchos de aquellos que, habiendo vivido la guerra, no lograban adaptarse a la paz.