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Educar, educar, educar

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Por enésima vez los resultados de las pruebas Pisa, que miden el grado de aprendizaje de los estudiantes, nos son esquivos. Es cierto que nuestro país, junto al mundo entero, soportó una dura pandemia que, en forma general, limitó la enseñanza presencial. Un deterioro que Uruguay, mediante un esfuerzo considerable y sus notorios avances previos en el reparto gratuito de computadora (Plan Ceybal), logró, con relativo éxito, atenuar. Aún así, promedialmente, las mediciones no nos fueron satisfactorios.

Esta vez las pruebas en las que participaron 81 países evalúan el grado en que los estudiantes de 15 años evolucionan en el aprendizaje de Matemáticas, Lectura, Ciencias y en esta edición, Pensamiento Creativo. Como decíamos, aún asumiendo el bajón general por la epidemia, los resultados fueron desparejos para nuestro país que empeoró en Matemáticas, mejoró en Ciencias y mantuvo su nivel anterior en Lectura. Aún falta publicar los resultados en materia de Pensamiento Creativo. Para el Ministro de Educación Pablo da Silveira, cuya evaluación fue optimista, las conclusiones de la prueba fueron buenos para el país que mejoró su rendimiento anterior respecto a los países ricos, aún cuando perdió nueve puntos en Matemáticas lo que significa que menos de la mitad de los examinados demostraron competencias mínimas para resolver problemas. Pese a ello Uruguay y Chile ocupan el mejor lugar en esta materia. Una muestra del atraso educativo que sufre nuestro continente.

Por más que lo más desalentador de estas pruebas son las diferencias que arroja según el nivel socioeconómico de los estudiantes. No solamente porque los logros entre los estudiantes de liceos privados son apreciablemente mejores que los de los liceos públicos, sino que entre estos los estudiantes de la UTU son los de menor puntaje. Igualmente el área geográfica en que habitan se refleja en la muestra. Montevideo mostró una diferencia de 35 punto de ventaja respecto a los estudiantes de áreas rurales al tiempo que, como es sabido por las mediciones internas, el puntaje de los barrios periféricos es sensiblemente inferior a la de los centrales. A su vez obtuvimos la peor calificación en lo que refiere a la autonomía de los centros de enseñanza y somos el octavo país de educandos con repetición previa (24%). Una síntesis, no selectiva, de los resultados generales de nuestro país, nos revela que estamos a74 puntos de distancia del promedio OCDE de 480, muy lejos de los guarismos de mejora que se propuso obtener en PISA 2018.

Nada de esta debacle parece afectar a nuestros sindicatos en la educación. Decididos a mantener el control que les otorgó la última reforma educativa, bloquean cualquier modificación que les reduzca minimamente ese poder.

Poco les importa que al educación no eduque, su propósito es mantener atado al sistema de tal manera que nada sea posible sin su concurso, aún cuando, ello someta al país a una tragedia civilizatoria Una calificación nada exagerada si advertimos que de mantenernos en la actual situación, no solo seremos incapaces de alcanzar a los países desarrollados sino que nos distanciaremos de los de nuestro propio continente, que exhiben crecimientos mayores a los nuestro. Educar mal es la peor amenaza para el futuro nacional.

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