Carlos Maggi
Han pasado seis años desde el horrible 2002, cuando el Uruguay sufrió la crisis financiera peor de su historia.
La bancarrota uruguaya, empezó en un disparate inigualable cometido en la otra orilla: el llamado "corralito", inventado por el por entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo: a fines del año 2001, prohibió por decreto que los bancos le devolvieran los depósitos a sus clientes.
Todos los bancos del mundo basan su estabilidad, en un hecho estadístico: los depositantes (los acreedores) no van a presentarse de golpe a retirar.
Pero nada incita más a todos los depositantes a llevarse todo, que una prohibición oficial de recuperar lo que cada uno le dio en confianza a su banquero.
Al señor Cavallo, no le importó cuidar la imagen de los bancos. Honrar la firma y pagar lo que se debe, no fue un detalle que le pareciera importante.
Hubo pues una estampida en ambas márgenes del Río de la Plata.
En doce meses, los bancos argentinos perdieron el 27% de sus depósitos; y en cinco meses, por simple reflejo, los bancos uruguayos perdieron el 50%. (una sangría récord mundial).
Completando el año 2001, Argentina declaró que no pagaría los 88.000 millones de dólares de la deuda soberana. Cuando el Presidente de la República Alberto Rodríguez Saa proclamó el default, hubo en el Senado un aplauso entusiasta.
A partir del año 2003, el Presidente Néstor Kirchner fue el gran campeón de no pagar y resistió los más tremendos requerimientos provenientes de todas partes del mundo; y eso lo hizo muy popular... en su país.
Al peronismo no le importa cuidar la imagen de la Argentina. Honrar la firma y pagar lo que se debe; no fue un detalle que le pareciera importante.
En los años siguientes, el gobierno de Kirchner prefirió subsidiar el consumo y agregó al default, la congelación de las tarifas de los servicios públicos, muchos de ellos prestados por empresas extranjeras que se vieron así defraudadas.
Las inversiones cayeron verticalmente y en el momento internacional más favorable para la producción agrícola ganadera, las necesidades del erario argentino que subsidia a pobres y ricos, hicieron que el agro fuera gravado con tributos confiscatorios, aprobados por decreto.
Hubo una resistencia organizada ante ese abuso y el gobierno fue derrotado y tuvo que ceder.
La situación fiscal se hizo entonces, desesperada a tal punto que el gobierno colocó deuda pública al 15% de interés en dólares (una tasa descomunal); y casualmente, fue el Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien tuvo la suerte de comprar esa emisión, más generosa que ninguna.
El mercado entendió que esa anormalidad daba la medida de la angustia financiera. Ningún gurú, dejó de augurar un nuevo default argentino y el mundo entero se puso en guardia.
La cotización cayó como cae un piano.
Recién entonces, el gobierno captó el inmenso riesgo que corría y procedió a la recompra de los bonos para detener la depreciación de sus papeles.
Pero la demanda inventada de apuro, empeoró la situación: ¡Están en el pretil!
Acorralado, el gobierno resolvió el 2 de septiembre pasado, desmentir con hechos, las sospechas "infundadas". "He firmado un decreto por el que instruyo al ministro de Economía, a que utilice las reservas del Banco Central para cancelar la deuda con el Club de París" (6.706 millones de dólares) dijo la Presidenta, Cristina Kirchner.
COMENTO: Pero 6.706 millones son nada, cuando se habla de la deuda argentina, que llega a los 181.000 millones.
La mesa de coordinación financiera, compuesta por los jerarcas Massa, Redrado, Fernández y Lorenzino, abogaron por dar señales de confianza a los mercados.
Pero nadie les cree. ¡El Indec, el instituto oficial de estadísticas, falsea los números y es cosa sabida y aceptada!
Mariano Grondona escribió:
-La reacción de los mercados fue negativa. El anuncio de la Presidenta no hizo más que incrementar el recelo. Como prueba de ello, la tasa de riesgo se incrementó de inmediato en 15 puntos más, muy por encima del riesgo país de países latinoamericanos considerados "normales", como son Brasil, Chile, Perú y Uruguay.
COMENTO: Llegados a este punto, conviene refrescar la memoria de los uruguayos.
En un noble editorial, Rodolfo Sienra Rosen, un blanco auténtico, hizo esta síntesis justiciera:
-"Argentina nos contagió la peor crisis bancaria que se haya conocido en el mundo hasta mayo de 2003, fecha en la cual se concretó en Japón el acuerdo de prórroga de pago de los bonos Samurais, que le puso la moña a la dificilísima, pero exitosa operación de canje de la deuda uruguaya (pagar hasta el último centavo, si nos daban tiempo para producir ese dinero).
Tiene que surgir un espontáneo el reconocimiento a lo que hizo el Dr. Jorge Batlle. El señor Eduardo Aninat le reclamaba al presidente Jorge Batlle, en nombre del Fondo Monetario, la caída en default.
En el mismo nivel de reconocimiento hay que hablar del Directorio del Banco Central y de su presidente, Julio de Brun.
Danilo Astori dijo: "El Frente debe ser clarísimo en señalar que va a mantener en todos sus términos el criterio de cumplimiento desde el cual (el Uruguay) ha encarado sus compromisos; y debería comunicar con claridad que no va a modificar el camino del canje de la deuda... que a mi juicio es uno de los factores que está explicando la recuperación económica".
Esa recuperación que reconoce el actual senador frenteamplista es obra del gobierno -termina Sienra -, no se puede negar, es un hecho objetivo. (El País, 29/02/04).
COMENTO: La historia es pudorosa, no muestra sus cauces más hondos en el momento en el cual suceden los hechos.
Pero a veces una mirada hacia atrás permite descubrir coincidencias que valen en cuanto a la conducta y a la conveniencia de los países. A la larga sucede que la malicia no paga.
Todo lo escrito en esta nota procura mostrar en primer lugar, cómo las políticas de Estado se consolidan, calladamente; a la manera que engendra o germina la vida.
Argentina sigue una línea aberrante, pese a sus aparentes vaivenes.
El Uruguay profundo coincide en ciertos valores, pese a las alharacas, conventillos y encrespamientos a que da lugar la pugna partidaria, el barullo de lo que no importa.
Un país, una patria, un grupo humano que unió su destino y que prefiere seguir unido, es siempre más que un territorio y ciertas cosas, es un hecho de la imaginación y del afecto.
Sin excepción, percibir a los demás, el reverso de despreciarlos, es el modo de acompañarse ("apañarse con", darse pan, unos a otros).
Pagar es morir un poco, pero es con la suma de sacrificios colectivos, que se construyen los emblemas.
¿Qué está pasando en EE.UU. cuando el gobierno financiero una vez salva a un gran banco y otra vez en la misma situación, no lo salva y deja el tendal?
Una gran potencia, una moneda que es reserva de valor, son imágenes que pueden disolverse en el aire.
"Nosotros somos nosotros", debiera ser la primera afirmación del himno nacional. Un principio humilde y orgulloso.
Hablo de las pequeñas grandes cosas, la sangre charrúa, la pachorra, la firmeza o esta rara manía corajuda de pagar lo que se debe, que tanto hace sonreír a los porteños que nos ven provincianos, atados a herencias que nos impiden irla de vivos.