Hernán Sorhuet Gelós
Una de las expectativas que sobresalen en la agenda del año, es la realización de la Cumbre RIO+20.
Aunque de antemano se sabe que no surgirán acuerdos capaces de transformar los actuales modelos de desarrollo en paradigmas sustentables, de cualquier modo existe cierta confianza en que se logren avances en esa dirección.
El desafío es enorme porque implica modificar el statu quo, consiguiendo progresos significativos en materia de equidad social, conservación de los recursos naturales (usos sin degradación), y economías con más responsabilidad ambiental.
Si vamos a lo más elemental para la humanidad, hay que recordar que el aire, el agua potable y los alimentos son elementos esenciales para la vida de las personas. El acceso a ellos es un derecho básico. Pero, todos sabemos que ni el agua potable ni la comida están garantidos para cientos de millones de personas.
¿Estamos frente a una quimera o es posible solucionar este conflicto moral?
Echemos un vistazo al problema de los alimentos. La realidad mundial golpea duro cuando se comprueba que una parte importante de la humanidad pasa hambre, aunque la producción mundial de alimentos es más que suficiente para satisfacer a los hambrientos del mundo.
Por múltiples razones se pierde cerca de la mitad de todos los alimentos que se producen, si consideramos el ciclo completo que va desde la tierra hasta el plato en la mesa.
Se desperdicia comida en los lugares donde se produce, en el proceso de selección y transporte de origen, en los mercados receptores y grandes centros de acopio y distribución -incluida la especulación del mercado-, en las procesadoras de alimentos, en la segunda selección y empaque para la venta al público, en la ineficiencia que se registra en materia de conservación de los alimentos que están a la venta en los comercios, y también en los hogares.
No es admisible que exista tanta hambre en el planeta y, al mismo tiempo, cada día se tire tanta comida.
Por lo tanto, no se trata de producir más alimentos, sino de optimizar la distribución y el aprovechamiento real de la actual producción, a lo largo de toda la cadena.
Aunque este interés general pueda no siempre coincidir con otros particulares o corporativos, parece lógico pensar que debería ser uno de los asuntos de máximo interés a tratar en las cumbres de las naciones, así como en las múltiples mesas de negociaciones que se organizan cada año entre los países. Porque no implica insistir con lo más difícil y costoso que es conseguir nuevas tierras para la ganadería y la agricultura -algo que al mismo tiempo está teniendo un altísimo costo ambiental, social y cultural.
Si se lograra una conjunción de voluntades, acciones coordinadas, mejoras tecnológicas, reorientación de inversiones y redefinición de políticas gubernamentales, parece muy razonable esperar grandes avances en poco tiempo.
Creemos que el primer paso a dar es conseguir la voluntad política para impulsar esta transformación, que requiere mucho de compromiso, voluntad y materia gris.
Así como en su momento la grave crisis del petróleo condujo a alcanzar un rendimiento y eficiencia de los motores vehiculares sin precedentes, el hambre que campea en el mundo no admite más dilación. Y RIO+20 debería ser una oportunidad imperdible para posicionar el tema en la agenda mundial.