Fachista" y "reaccionario" fueron los primeros calificativos que conocimos en oportunidad de los añejos intercambios dialécticos de espadas.
Ahora, de un tiempo a esta parte el latiguillo de uso corriente es el de "neoliberal". A los jóvenes si les hablan de fachismo no tienen idea de lo que se trata y el de reaccionario, es un concepto pasado de moda (si atendemos especialmente a que la Intendencia progresista de Montevideo terminó pidiendo represión a sindicalistas y culminó haciendo poner presos a algunos de ellos con motivo de una huelga en su feudo principal). Si el destinatario del epíteto tiene un auto más o menos aparente y cuida de presentarse alineado es posible le traten de burgués. Es una subida de categoría dentro del inventario de las referencias satanizadoras.
Las palabrejas elevadas a la condición de íconos, son instrumentos al servicio de la descalificación automática. Como los primeros adjetivos mencionados, el último apunta a la demonización de quienes no se alinean en la senda del "socialismo" y el "progresismo".
Todas las taras de la sociedad contemporánea son culpa de los neoliberales y —por supuesto— del imperialismo yanqui. La última guerra de Irak viene en tal sentido como anillo al dedo. Lo que no quiere decir que en este adelantado y continuo festejo anticipado de la victoria en las elecciones a celebrarse el año que viene, el candidato presidencial frentista y algún amanuense cercano dejen de pecharse para sacar boletos de avión y golpear la puerta del Fondo Monetario Internacional. Allí, en Washington, U.S.A., recibidos por algún portero, en el marco de la promoción —debe suponerse— de la venta de una imagen de capacidad de manejo del gobierno, los turistas han sabido prestamente sacar pasaje de vuelta, probablemente sin saber de lo que hablaban en las antesalas de un edificio, que es símbolo del sistema de dominación mundial que nos rige.
¿A qué se debían las viejas calificaciones, que querían ser descalificaciones? Simplemente a que habían, habíamos y habemos uruguayos que siempre creímos en los Derechos Humanos de todos los seres humanos, en la Democracia, en el Estado de Derecho, en un capitalismo controlado por el Estado razonablemente, en una solidaridad social que sólo puede tener curso en el marco de la producción, la riqueza y el trabajo nacional. Porque sólo haciendo crecer la torta se puede repartir a los más desposeídos.
El cristianismo, otros credos, el socialismo democrático afianzado en países importantes de Occidente, el liberalismo bien entendido, en definitiva el humanismo que no reconoce fronteras ideológicas, ni partidarias, se mancomunan en una visión de las cosas en esta naturaleza.
Si desde siempre "poderoso caballero es don Dinero", la experiencia actual demuestra que frente a su potestad sin par los primeros en rendirse son los adalides revolucionarios de otrora. Los que desde el Senado, siendo senadores (Korzeniak y Arismendi "dixit") se autoaumentaron los sueldos, los que incrementaron la nomenclatura municipal de Montevideo con cargos de confianza, clientelismo exacerbado, implementaron el cepo a los automovilistas en sociedad con una empresa privada, los que adjudican servicios sin licitación a amigos y empresarios, en el marco de privilegios, falta de transparencia y descontrol en todos los niveles. Aumentando, eso sí, las contribuciones de propiedades inmuebles capitalinas que cada día valen menos, cuyos alquileres se vinieron al piso y la suba de patentes de rodado de autos que hoy nada valen y es poco menos que imposible venderlos. En un país socialista como el nuestro la hipocresía progresista merece un monumento. Adjudicado sin licitación.