Descentralizar

En el Uruguay nos descentralizamos los departamentos. El país sigue tan centralizado en los recursos, y más aún en las regulaciones. Cuando hablamos de Descentralización hablamos de municipios. Nunca del país. Es más, normas con contenido descentralizador como la de Ordenamiento Territorial, tienen que sufrir en cada proceso presupuestal mil embates que van limando la esencia de que al territorio sólo corresponde que lo gobierne el propio territorio.

Uno conoce algunas razones que explicaron el proceso centralizador. Las conocemos, no las compartimos. No eran de eficiencia ni de costos. Eran de poder. De subterfugia aplicación de la fuerza. Necesitaban cohesión. Se dieron cuenta de que centralizando las funciones principales del Estado, avanzaban en ese sentido. A los hospitales de los pueblos, los crearon los pueblos. A las escuelas de primeras letras, las crearon los pueblos.

Hoy hay que Descentralizar. Lo exige la eficiencia. Lo exige el costo burocrático insoportable. Lo exige la necesidad de que el Estado sea de la gente. Que se sienta, y de verdad sea de la gente. Que sea la gente la que determine qué quiere, cómo lo quiere, y administrado por quién, y de qué modo. No cercano a la gente sino de la gente.

Lo que se debe Descentralizar es bastante. Por supuesto esos hospitales que demoran tres meses para atender, y no hay ante quien quejarse. Las escuelas y liceos que no educan, y no tienen vínculo con el medio. La vivienda que nunca llega, y no refleja culturas locales, y sí imposibles costos nacionales. Del Mides, todo. A nadie se le cambia la vida mandándole un giro por un cartoncito. Hay que estar entre los necesitados. Dando, y aconsejando. Dando, y creando nuevos hábitos y nuevas oportunidades. Pero también los catastros. Por supuesto, todo lo ambiental. Al medio lo gestiona el que vive en él. A ese le importa. Ese mide el equilibrio entre limitación y progreso. Ese no va a vivir entre la basura, ni tampoco en la pobreza. La administración del deporte. El turismo es local. Dependiente de políticas nacionales sí, pero esencialmente local.

Hay que confiar en las capacidades de gestión de la gente. Hay que confiar en las capacidades de control de los pueblos. Los que creemos en la libertad, en la propia y en la ajena, aquí tenemos una oportunidad de hacer más libres a los nuestros. El ciudadano como protagonista de su destino. No al oscuro Estado impersonal y siempre inaccesible e inmodificable.

Por supuesto hay cuestiones que no deben descentralizarse. El país no puede tener múltiple política monetaria, ni gestión de su defensa, ni política exterior. Eso ya se sabe. Pero tampoco son duplicables los tratamientos complejos en materia de salud, la enseñanza altamente especializada, las políticas de promoción, el manejo tributario, la política fiscal, el sistema de seguridad social, las leyes laborales o las políticas agropecuarias, industriales, de desarrollo tecnológico.

Sin grandes acumulaciones de recursos y de poder político el hombre no hubiera llegado a la luna. Las negociaciones con grupos de poder fuertes o con otros países requieren de un Estado fuerte. Los grandes progresos tecnológicos, la promoción de nuevos sectores económicos, el control de grandes plagas, el control de la competencia, las grandes campañas sanitarias, toda la inversión en infraestructura. Todo eso requiere acumulación de recursos y de poder. Es decir, Estado.

Lo de dimensión humana debe gestionarse desde el gobierno de dimensión humana. Es decir, desde el Gobierno Departamental y el Municipal, y en el caso de la Educación desde el propio centro educativo. Las cuestiones humanas son complejas. Su abordaje es necesariamente integral. No se pueden atender a distancia. El éxito depende del absoluto conocimiento del destinanatario de la solución, y de la atención continua y directa. No se cura ni se cuida a distancia. Se podrán prescribir tratamientos, nunca curar. No se forma a distancia. Se puede informar. Nunca moldear personalidades. Lo humano se hace humanamente. Se hace entre la gente. Con compromiso y dedicación. Con amor por el prójimo. Sabiendo que la gente no es ese trámite, ni ese número de expediente. El único nivel de gobierno con conocimiento integral de necesidades, con conocimiento de peculiaridades del destinatario y que conoce cómo solucionar del mejor modo es el gobierno local. Es de dimensión humana porque es de la gente.

Las cuestiones que implican el manejo de intereses y determinados niveles de abstracción, o acumulados de recursos técnicos o económicos, deben reservarse al gobierno nacional.

El proceso de transferencia de competencias no es complejo. Se trata de otorgar poder de decisión a estructuras ya existentes. Existentes como dependencias de organismos nacionales, o existentes en los gobiernos locales. En todo caso de transferir la responsabilidad de la nominación de algunas autoridades. Obvio que hay que revisar responsabilidades de contralor. Nada tan trabajoso si existe voluntad política. Obvio también que hay que transferir los recursos necesarios. Nada que no se deba hacer hoy. Pero la sumatoria del gasto será menor. Se eliminarán controles de controles y duplicaciones de estructuras. Nadie puede explicar la racionalidad de mantener oficinas locales del MIDES para hacer lo mismo que hacen los departamentos de gestión social Departamentales.

Nuestra Constitución en su artículo 262 ofrece un paso intermedio. El acuerdo entre Poder Ejecutivo y Gobiernos Departamentales para la ejecución de sus políticas. Esto debe implicar libertad de gestión, transferencia de recursos y control de resultados. Ya se practica y con éxito. Con cada transferencia condicionada a la ejecución financiada. No es lo mismo que Descentralizar, pero mucho mejor que el modelo ineficaz, ineficiente e insostenible que sufrimos hoy. Este Estado distante llegó a su límite. A las cosas de la gente, las debe administrar la gente a través de las estructuras que le son propias. Las que le escuchan. Las que dialogan con él. No las alejadas inalcanzables. Hay que confiar en las capacidades de gestión de los ciudadanos. En su sabiduría profunda. Reconocerla aunque no haga bulla.

Reconocer el derecho de manejar el propio destino.

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