Derechos y cultura

Lo que en un tiempo se conoció como la “nueva agenda de derechos” y ahora algunos llaman la “cultura woke”, provoca intensos debates que ponen a un lado a los que, desde su fanatismo, presentan teorías delirantes para defenderla y a los otros, que desde su hastío rechazan por completo esa cultura y todo lo que hay detrás de ella.

Muchos entienden que con la caída del socialismo real y una doctrina marxista que ya no se sostiene, las izquierdas montaron un nuevo tramado ideológico. El objetivo no solo es defender las minorías raciales o sexuales, sino hacerlo desde un andamiaje seudo académico que linda en lo absurdo y se aplica con intransigencia dogmática e intolerante. En pocas palabras, si una feminista lo es, pero no usa los términos y argumentos de quienes imponen el discurso imperante, entonces en realidad no es feminista.

Esto me recuerda al juicio contra O.J. Simpson, acusado de asesinar a su ex pareja. La comunidad afroamericana se alineó con él por el solo hecho de ser negro (las feministas ni aparecieron). Fue encontrado inocente y un efecto lateral fue el ensañamiento contra el sagaz asistente de la fiscal que fue “expulsado” de su condición de negro. Dejaba de ser lo que era por haber estado contra Simpson. Ser negro era pertenecer a una corriente ideológica que nada tenía que ver con el color de la piel. Con la cual se daba la paradoja de que había negros que siéndolo, no lo eran.

Este verano, en el proceso de autocrítica que hizo el Partido Nacional, entre sus decisiones estuvo la de cuestionar la corriente “woke”, sosteniendo que había “que denunciar el excluyente progresismo identitario, así como el wokismo, ambas ideologías fragmentadoras que debilitan los vínculos sociales y la noción de bien común”.

Los dirigentes nacionalistas argumentaron que ese “elitismo woke”, impulsado desde la izquierda o desde las intendencias gobernadas por el Frente, perjudicaban a los colectivos que pretendían favorecer y cuestionaron lo que consideraban excesos en las políticas de identidad social.

La posición del Partido Nacional responde a un hartazgo de mucha gente a esa corriente que descalifica mediante la “cancelación” (una brutal forma de censura) y una prédica hecha desde la superioridad y la soberbia, desde un dogmatismo que no admite fisuras: quien no está con ellos, es acallado, discriminado y excluído.

Al tomar esa decisión dicho partido sabe que se mete en un terreno espinoso que lo obliga a manejarse con sabiduría y sentido común. Una cosa es cuestionar el delirio “woke” y otras es cuestionar derechos y libertades que ciertas minorías fueron conquistando con gran esfuerzo.

Las mujeres en primer lugar (que no son minoría, pero fueron históricamente discriminadas), los grupos raciales no predominantes, las religiones, los gay, las lesbianas y los trans. Algunas de estas minorías tienen su peso, otras son realmente pequeñas, pero existen y tienen derechos.

Es verdad que muchas barreras fueron cayendo: Se avanza en reconocer la igualdad de la mujer en el campo laboral y profesional y su lucha por lograr igual salario a igual tarea, así como que el derecho a ejercer los mismos cargos que los hombres. En muchos terrenos las mujeres ocupan hoy lugares de relevancia. En el ámbito judicial y en la medicina tienen una presencia innegable, casi coparon la enseñanza, crece el número de empresarias consolidadas. Pero no hay más políticas. En varios países se determinó la despenalización del aborto y las minorías sexuales lograron (en algunos lugares) que personas del mismo sexo pueden casarse. A eso se suma el derecho a que una persona cambie de sexo si así lo desea, aunque sigue complicada la discusión referida a que edad ese proceso se debe iniciar.

Si bien la cultura “woke” define este proceso como una lucha contra el “patriarcado blanco, heterosexual y capitalista”, dichos derechos se logran porque con el tiempo y gracias a la presión de esos grupos, los viejos estatutos liberales que garantizan derechos y libertades empiezan a leerse con otra apertura. La genialidad de esos textos del siglo XVIII es que, aun no previendo estos reclamos, fueron escritos de tal manera que permitieron con el tiempo incluir a los excluidos. Por eso, pese a lo que dice la cultura de la cancelación, es en los países occidentales, liberales y capitalistas en que estos derechos avanzaron mientras que en las dictaduras y en países que no son capitalistas, las mujeres son oprimidas y las minorías sexuales reprimidas.

Salir al cruce de teorías que reniegan de la ciencia y la lógica (pese a que muchas de ellas se elaboran en las universidades), no quiere decir que hay que desestimar los positivos avances de las mujeres y las citadas minorías. Corresponde cuestionar la argumentación ideológica, pero debe tomarse la bandera y recordar que el éxito, aun parcial, de esas luchas es posible porque la argumentación para consolidarlos viene de la tradición liberal, no de la cultura “woke”.

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