María Julia Pou
A pesar que los datos del Censo demoran en llegar es sabido que la representación geométrica en su diseño etario, más que una pirámide resulta un trapecio invertido. Esto quiere decir que es más ancho en la parte superior que inferior, lo que nos dice de la mayor proporción de gente mayor frente a los escasos jóvenes que necesitamos para lograr el equilibrio.
¿Por qué hay más personas mayores? Pues porque la ciencia colabora en mantener la salud que permite prolongar en años y mejorar la calidad de vida de ese tiempo que hemos ganado. La alimentación, el ejercicio, la prevención de enfermedades, el mayor conocimiento de nuestra propia condición humana es lo que ha llevado el límite de nuestro paso por este mundo a un nivel que parecía impensable hace pocas generaciones. Quizás no siempre esta sobrevida es de calidad, es mera supervivencia y en ello hay que trabajar para que las prácticas saludables en edad temprana, la eviten. Pero aquí hay una primera opción para aprovechar la experiencia de vida de nuestros mayores: rediseñar el sistema para que quienes se jubilan de una actividad, puedan tener lugar en otra sin perder su condición de pasivo.
¿Y por qué, entonces, con las mismas coordenadas sociológicas no podemos aumentar la cantidad de niños y jóvenes en nuestro "plantel"? En este tema debemos considerar algunas variables diferentes para cada tramo etario. La sociedad se muestra con menos nacimientos que en anteriores generaciones. Más mujeres con una actividad laboral imprescindible para su realización personal y para el presupuesto familiar, lo que hace que la maternidad siga siendo un privilegio de nuestro género, pero ahora con muchas más dificultades que otrora. Por otro lado, la tan mentada fuga de jóvenes hacia mercados laborales más atractivos, con mayores posibilidades de crecimiento personal y económico, ha distorsionado aún más el desequilibrio que hoy nos preocupa. Operar sobre la demografía no es fácil, la fructificación de los planes -cualesquiera sean ellos- es medida en décadas. Pero si algún problema grave tiene el país es este, junto con el de la excesiva centralización de la propia y esmirriada población.
El camino posible viene por el lado de la inmigración, tanto de extranjeros como por el retorno de compatriotas exiliados. Debemos preguntarnos qué es preciso ofrecer para hacer esa alternativa atractiva. Podemos sintetizar el objetivo en una palabra: oportunidades. Qué pueden buscar gentes de otros países entre nosotros que no sea la oportunidad de trabajar en paz y seguridad, estar al abrigo de las arbitrariedades y sentir que se respetan los derechos individuales en toda su extensión, certeza de que sus ahorros serán protegidos, buena enseñanza para los hijos, sistema tributario que premie el esfuerzo. Todo ello fue lo que trajo a los abuelos a las costas del Río de la Plata a fines del siglo XIX y principios del XX. Un Estado que no estorbaba ni era una carga excesiva sobre los hombros de los que se esforzaban.
Sin esas condiciones es difícil que alguien quiera venir a arraigarse al Uruguay y las mismas hoy no son las que podemos ofrecer. Lamentablemente…