Democracia y libertad

En la década siguiente a la caída del Muro de Berlín cundió un optimismo, que hoy queda medio ingenuo respecto al avance casi inevitable que tendrían la libertad y la democracia en el mundo. No faltaron argumentos para sostener esa ilusión, pero transcurrido un cuarto del siglo XXI, queda claro que esa visión no sólo no se cumplió siquiera como tendencia.

Algunos datos pueden ayudarnos a enfocar el asunto. Freedom House registró el vigésimo año consecutivo de retroceso global de la libertad. Sólo en 2025, 54 países empeoraron en derechos políticos y libertades civiles, mientras apenas 35 mejoraron. V-Dem ofrece una fotografía todavía más dura: el mundo cuenta hoy con 92 autocracias y 87 democracias; el 74% de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos y apenas el 7% en democracias liberales. International IDEA advierte que 94 países, el 54% de los evaluados, sufrieron deterioro frente a cinco años atrás, contra 55 que registraron avances. Incluso la visión más optimista, la de The Economist Intelligence Unit, habla de estabilización luego de ocho años de caída.

La conclusión es clara: hay menos democracias reales y menor confianza en que la democracia liberal sea el horizonte político natural del mundo. El retroceso no siempre adopta la forma clásica de golpes de Estado o partidos únicos. Muchas veces las regresiones ocurren con gobiernos electos que toman el sistema judicial, atacan a la prensa, hostigan a la oposición, manipulan reglas electorales o convierten al Parlamento en un adorno. Las democracias no suelen morir en una toma sino en varios capítulos.

Una causa es la implosión de los sistemas de partidos. Durante décadas, los partidos fueron estructuras de intermediación, formación de liderazgos y agregación de intereses. Podían ser lentos y burocráticos, pero daban continuidad, memoria institucional y asumían responsabilidades. En la mayoría de los países ese tejido se deshilachó.

En ese vacío emergen candidatos relámpago al galope de movimientos de ocasión que nacen y desaparecen con la velocidad de un video de TikTok. Muchas veces alcanza con capturar el enojo del electorado y prometer que se terminará con “la casta”. Puede ser eficaz electoralmente, pero institucionalmente frágil y no funciona para gobernar, por lo que más temprano que tarde el descreimiento termina siendo aún mayor.

A ello se suma un contexto internacional más incierto del que hubiéramos supuesto hace pocos años. China ofrece un modelo autoritario con resultados económicos decrecientes, Rusia actúa con agresividad militar imperialista, las democracias occidentales se polarizan y el viejo orden liberal aparece más débil. A la democracia ya no le basta con sus viejos pergaminos, debe competir, justificarse, modernizarse y defenderse.

La tentación final es conocida: entregar poder a quien prometa eficacia sin controles. Se sacrifica la libertad en nombre de resultados concretos y se termina perdiendo libertad y resultados. Por eso, la defensa democrática exige nuevos soportes con pilares bien puestos ante los que hoy se tambalean. También exige mejores gobiernos que puedan demostrar que la libertad puede satisfacer las demandas crecientes de una ciudadanía diversa, exigente y desconcertada. No es un desafío sencillo pero es indispensable intentarlo.

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