Hace unos años circuló por internet un meme impresionante: de un lado se veía la foto de soldados estadounidenses desembarcando en Normandía, para hacerse masacrar por los alemanes en la lucha contra el nazismo, y del otro, la imagen actual de los nietos o bisnietos de aquellos héroes, maquillados y ataviados de manera extravagante en una celebración del orgullo gay. El punto de vista era obviamente crítico, algo por el lado de “¿para esto dieron la vida nuestros abuelos?” o “miren qué diferencia entre el compromiso de una generación y de la otra”.
Pero la crítica era injusta, porque los soldados del siglo pasado no lucharon solamente contra el totalitarismo. También lo hicieron para que sus descendientes vivieran en un mundo libre, donde entre otras cosas no se discriminara a las personas por su orientación sexual o identidad de género. O sea que es bien comprensible que los festejos del colectivo LGBT de hoy reverencien a quienes dieron su vida por la libertad hace 80 años.
Pero ahora, con esta moda de los Therians, aquella indulgencia se me vino un poco abajo.
Imagino a nuestros antepasados poniendo el pecho a las balas del fascismo, para que una nueva generación encuentre un motivo de socialización y pertenencia en caminar por la calle en cuatro patas, ladrando y con una careta. ¿Esta es la libertad cuya conquista costó tantas vidas valientes?
Fue muy desafiante el reciente discurso de Marco Rubio en Munich. A mí, por supuesto, me pegó en el alma cuando manifestó que tanto EE.UU. como Europa deberían defender el legado cultural de Shakespeare, Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci y Mozart.
¿Qué rol cumplen, en esa defensa cultural, las identidades tribales occidentales nacidas del ocio y la ignorancia, como esto de los chiquilines que se autoperciben perritos? ¿Por qué el ejercicio pleno de la libertad trae estas frivolidades que se suman a la moda de no tener hijos -porque las mascotas son más baratas- o a la otra de subirse al carro de extremismos de derecha e izquierda que simplifican la realidad política en vez de enriquecerla?
Es la paradoja de la tolerancia que desvelaba a Karl Popper. ¿Es inevitable que las democracias, en su vocación antiautoritaria, terminen alimentando el germen de su autodestrucción? ¿Se la vamos a dar ganada tan fácil a los islamistas radicales, con su odio a la libertad y su determinación de parir hijos-mártires-soldados-votantes, que se apropien de Occidente? ¿No nos queda otra alternativa que votar gobiernos belicistas para que defiendan a Shakespeare y Mozart con misiles, mientras nuestros hijos-individualistas-consumidores-Therians se ponen cola de lagartija y salen a reptar por la calle?
Con sus aciertos y errores, Occidente hizo las cosas bastante bien, desde Churchill hasta el presente. Pero falló en algo muy importante: la defensa del sistema económico no tuvo su correlato en el afianzamiento del sistema educativo y cultural. Preparamos a la gente para tener éxito material pero no para entender los valores que nos unen y que es preciso defender. Hicimos del entretenimiento un mercado tan redituable, que dejamos crecer el yuyo de la orfandad moral y la irresponsabilidad colectiva. Ahora nos queda el triste honor de ser los naipes de la baraja de Donald Trump, en su mesa de timba con Putin y Jinping. Perdón si me hoy me pasé de pesimista; será el calor.