“Salten ustedes primero”. Mientras Sebastián Piñera decía esas últimas palabras a quienes pudieron sobrevivir de su trágico accidente, en Buenos Aires moría la Ley Ómnibus que el gobierno de Javier Milei había enviado al Congreso.
La frase final del ex presidente chileno lo resalta como persona y concuerdan con el rol que jugó en la democracia de su país, mientras que las primeras palabras que lanzó el presidente argentino tras su derrota en el hemiciclo legislativo resultan inquietantes, porque vuelven a exhibir una furia contraria al espíritu democrático.
Sus legisladores habían exhibido una impericia pavorosa puestos a maniobrar una ley desmesurada, con menos artículos razonables, positivos y necesarios, que artículos impresentables. Pero en lugar de autocritica y corrección del accionar gubernamental, lo que hizo el presidente, desde un viaje al exterior absolutamente inoportuno e innecesario, fue publicar en las redes una lista negra de “traidores”.
La primera reacción de Milei tras la debacle de su punto de partida gubernamental, fue acorde a las metrallas de insultos que disparaba sobre sus ocasionales contertulios si le discutían algo en los programas de televisión. Mientras que las últimas palabras de Piñera armonizan con el rasgo principal de su travesía en la política.
Cuando aún era “sólo” un empresario de gran porte, Sebastián Piñera hizo algo que mostró su rasgo distintivo en la concepción del Estado y la sociedad. Corría 1988 y Pinochet realizó un plebiscito buscando legitimar de algún modo en las urnas la continuidad de su régimen. La sociedad tuvo oportunidad de decidir si Pinochet continuaba en el poder o si se hacían elecciones libres para avanzar hacia una democracia pluralista.
No fueron muchos los empresarios notables que se pronunciaron públicamente a favor de la democracia pluralista. Temían que el todopoderoso general se tomara venganza perjudicando sus negocios y empresas si contradecían su voluntad. Pero Piñera se pronunció públicamente por el final del régimen militar para que Chile recupere la democracia. Eso lo convirtió también en uno de los poquísimos conservadores que reclamaron el voto por la democracia.
Por eso fue tan valioso lo que hizo Sebastián Piñera. También revelador del rasgo que lo distinguiría en el escenario político: la moderación. El ex presidente que acaba de morir fue quien empujó la derecha hacia el centro, “despinochetizándola” durante una década y convirtiéndola en gobierno.
Los cuatro primeros gobiernos de la transición democrática fueron de la coalición de centroizquierda, porque ese sector político, además de haber tenido excelentes candidatos que ganaron en las urnas sus respectivas presidencias (los democristianos Patricio Aylwin y Eduardo Frey, y los socialistas Ricardo Lagos y Michel Bachelet), estaban más al centro, mientras la derecha seguía radicalizada e identificada con Pinochet.
La alianza de la derecha perdió las elecciones con los candidatos más identificados con el régimen militar, como su ex ministro de Hacienda Hernán Büchi, quien perdió contra Aylwin; el abogado conservador Arturo Alessandri Besa, quien perdió frente a Frei, y luego Joaquín Lavin, quien perdió con Lagos. La derecha recién pudo ganar una elección con Piñera como candidato, aunque perdió su primer intento con Bachelet. Por eso es el artífice del corrimiento de la derecha pinochetista hacia el centro.
Piñera fue un demócrata. Como opositor no obstruyó ni saboteó a los gobiernos centroizquierdistas. Y como presidente no radicalizó su gestión y preservó el diálogo y la búsqueda de consensos.
El único momento en que derrapó fue en 2019, cuando estallaron las protestas a las que, inicialmente, respondió con una represión desmesurada por dar crédito a teorías conspirativas sobre supuestos complots externos, que habrán existido e influido, pero no eran más gravitantes que el hastío frente al desequilibrio social.
Frente a aquellas violentísimas protestas, primero emitió señales de no entender cabalmente lo que ocurría. Pero después entendió que las décadas de alternancia entre la centroizquierda y la centroderecha llegaba a su fin y tomó decisiones que mostraron su intención de enmendarse: abrió las puertas al proceso para reemplazar la constitución heredada del régimen militar, para que Chile tenga una constitución hija de la democracia.
El proceso constituyente terminó fracasando porque, primero la izquierda ideologizada y después la derecha extrema, cometieron el mismo error: elaborar constituciones sesgadas ideológicamente y, por ende, impotentes para representar a toda la sociedad.
Ese fracaso no tuvo que ver con Piñera. Cuando dejó el poder tras su segundo mandato presidencial, la derecha volvió hacia el extremo ultraconservador, erigiendo el liderazgo de José Antonio Kast. Alguien más cercano al ideologismo que, del otro lado de la cordillera, llegó al poder con Milei, el autor de la lista negra de “traidores” a sus mandamientos para la salvación económica.