Heráclito conjeturó que la guerra es padre y rey de todas las cosas, que la realidad misma es guerra y fuego. Los hombres se volverán a encontrar con sus armas porque las cosas vuelven inexorablemente. Pero a esta clase de destino se le predica repetición, quizá, por la naturaleza de quien lo lleva a cabo. ¿Todavía cabe hacerse la pregunta por la relación entre la guerra y la naturaleza del hombre?
La guerra vuelve y los análisis se reproducen. Hay intereses geopolíticos, disputas territoriales, choques religiosos y étnicos, nacionalismos reactivados, y colapsan las instituciones internacionales -más bien, dan muestra de que nunca tuvieron el espesor legal ni la entereza moral ni la estructura de sentido para sostener sus cometidos. Todo esto es verdad y nada alcanza para explicar el avance de los ánimos bélicos. Falta, antes, una pregunta: ¿qué clase de criatura reaviva este ímpetu a lo largo de su historia, en todos los continentes, bajo todos los sistemas políticos?
Los hombres llevan peleando por Helena de Troya, por gusanos de seda o por las migas del Reino desde siempre. Se ha dicho, en primer lugar, que esto tiene algo que ver con la naturaleza humana, que se sigue necesariamente de la humanidad del hombre que hará la guerra a sus semejantes y a sus apóstatas. También es posible sostener, con Sartre, que no hay naturaleza humana, en cuyo caso no existe una estructura determinista que pueda explicar necesariamente la guerra. El que va a la guerra, va porque la elige, y la pregunta es más bien si asume su libertad o si se escuda inauténticamente en patrañas como “las circunstancias lo determinaron”. El problema es que, contrario de la opción pro-naturaleza, la postura existencialista no dice por qué la guerra resulta tan recurrente, persistente, universal. Ninguna de las dos posiciones cierra la pregunta. Una la declara inevitable; la otra, inexplicable. Queda ir a otro registro.
La investigación reciente no hace mucho por terminar con el problema. Harris y Fiske (2006) mostraron que ante ciertos exogrupos la corteza prefrontal medial -la región que procesa a otros como personas- se desactiva, de modo que el cerebro deja de procesar al otro como humano antes de que ninguna ideología haya dado la orden. Se trata de una suspensión automática que ocurre en el nivel de los circuitos cerebrales y no media, aparentemente, decisión. A esto se suma que De Dreu (2010) demostró que la oxitocina refuerza la hostilidad hacia el extraño y que, según Bowles (2007), el heroísmo y la masacre tienen raíz común porque el sacrificio por el grupo de pertenencia y la violencia hacia el grupo extraño evolucionaron juntos, como una sola disposición. Nada de esto determina la guerra. Sin embargo, lo que facilita una dinámica, cuando permanece ignorado, vuelve más probable su repetición. La predisposición no es destino; acaso lo sea su ignorancia.
Y sobre esa ignorancia, su naturaleza, su persistencia, sus consecuencias colectivas, Jung advirtió en 1931: “Nos hemos olvidado de lo que es un ser humano… Tenemos que descubrir nuestra sombra. De lo contrario, seremos impulsados hacia una guerra mundial para ver las bestias que somos”. Jung no habla acá de autoconocimiento individual ni de psicología de la intimidad, sino de un mecanismo colectivo. Lo que un grupo humano no puede reconocer en sí mismo -la crueldad, el fanatismo, la capacidad para deshumanizar- no desaparece. Se desplaza hacia el enemigo, que se convierte en el receptáculo de lo que no toleramos ver en nosotros. Si uno piensa en Jung y en los escáneres de neuroimagen setenta años después, la desactivación automática de la región cerebral que procesa lo humano del otro parece ser el sustrato neural de lo que fue la proyección de la sombra. La neurociencia lo llama suspensión de la mentalización. Dos lenguajes, una época de distancia, un punto ciego. Jung lo avizoró en 1931 y en 1933 comenzó todo.
No tenemos naturaleza bélica, sino una naturaleza que, si se ignora a sí misma, puede llevar a la guerra. Pero acá asoma el aspecto trágico de la vida de los hombres. Extraño sería decir que la naturaleza es neutral y la ignorancia es un accidente evitable. El desconocimiento de sí no le ocurre al hombre accidentalmente, desde fuera, sino que forma parte de la estructura misma de lo que es. Hablamos de esa criatura que, conociéndose, tiene de sí mismo una brutal extrañeza. La guerra no es inevitable, pero la tendencia a no querer ver lo que la produce sí es estructural. Hay en la historia de la guerra evidencia suficiente de que la pregunta no se agota. El hombre puede ignorarla; no puede extinguirla. Si la guerra no emana de una naturaleza bélica, sino de su ignorancia, entonces esa ignorancia es una elección. Una elección que, por lo visto, el hombre renueva cada vez que la historia le muestra su propio rostro.
La conjetura siguiente es una bastardía, pero no deja de ser sustancial. ¿Es el hombre esa criatura que se define por su huida irrefrenable de las preguntas más urgentes y fundamentales? Cierto. Pero sabemos nosotros, los que huimos, que nada se puede hacer contra la persistencia de las preguntas. A lo mejor ellas sí sean una cuestión de naturaleza.