Pablo Da Silveira
El último informe de la OCDE sobre educación dejó perplejos a los españoles. Todos los indicadores confirman que España está haciendo un gran esfuerzo para formar a sus nuevas generaciones. Los docentes dan más horas de clase que en otros países desarrollados: 7.364 horas al año, contra una media 6.732 en los países de la OCDE. Consiguientemente, los alumnos pasan más horas en las aulas: 1.050 horas anuales para un estudiante de 15 años, frente a 856 horas en Finlandia. En los centros públicos hay una cantidad óptima de alumnos por docente: 19,8 (la más baja de toda la OCDE). Los salarios docentes se cuentan entre los más altos: los maestros de primaria cobran unos 8.300 euros más al año que el promedio de la OCDE, y los de secundaria están 10.500 euros por encima.
Pero los resultados no están a la medida de este esfuerzo: en la última prueba PISA, España quedó colocada en el puesto 26 de la lista de 34 países más desarrollados. Al presentar estas cifras, El País de Madrid titulaba con indisimulada sorpresa: "Más horas de clase no aseguran el éxito escolar".
En realidad, lo que ocurre en España no es raro sino la confirmación de algo sabido desde hace décadas: ni la cantidad de dinero, ni la cantidad de horas de clase, ni la proporción de docentes titulados, ni la relación alumnos/docentes pueden garantizar el éxito educativo. Tal vez se trate de condiciones necesarias, pero nunca son condiciones suficientes. Si en los centros de estudio no se crea el ambiente adecuado para que se produzcan buenos aprendizajes, el aumento del gasto y de las horas de clase sólo se convertirán en una nueva forma de malgasto.
Desde hace décadas se sabe que, en educación como en otras áreas, la atención no tiene que estar puesta en los insumos sino en los resultados. En Uruguay, sin embargo, seguimos resistiéndonos a este cambio cultural.
En una columna de opinión publicada hace algunas semanas, la senadora Constanza Moreira afirmaba que existe un clima de opinión artificialmente creado en contra de la enseñanza. Y la prueba que aportaba al respecto era el aumento del descontento pese al crecimiento del gasto: "La forma en que ha caído la aprobación de la gestión del gobierno en educación entre noviembre de 2007 y junio de 2011 (una encuesta de la consultora Cifra registra un descenso de 50 a 35 por ciento en dicho período) no parece responder a los indicadores "objetivos" (como el aumento de recursos destinados a la educación: el gasto en educación como porcentaje del PBI aumentó 39,4 por ciento entre 2004 y 2009) sino a la construcción de ese clima de opinión (del que también hace caudal, a veces, la propia izquierda)".
Lo que la senadora no parece percibir es que un aumento del gasto sin una consiguiente mejora en los resultados es un genuino motivo de descontento: las cosas no sólo andan mal (de hecho, cada vez peor) sino que el desastre nos sale cada vez más caro. Incorporar una cultura de resultados es parte indispensable del cambio de óptica que tenemos que procesar si queremos sacar a nuestra enseñanza de la crisis que está sufriendo.