Don José y doña María pertenecen a la asediada clase media montevideana. Después de mucho tiempo y esfuerzo son dueños de su modesta casa, o quizás un apartamento. Uno de esos edificios de dos ventanas y una puerta en la Ciudad Vieja, Centro, Barrio Sur, Cordón o Palermo. Lo hacen porque sus padres o abuelos vivieron en esos barrios, en su momento de gloria, o porque creyeron en las promesas de planes de recuperación barrial. Que nunca se cumplieron.
Pero, son gente tenaz, aguantadora que, como buenos orientales, no presumen de su modesta posición en el mundo de las clases terratenientes. Aunque, si en algún momento se olvidasen de que son propietarios, la Intendencia se encargará de recordárselo con sus facturas por contribución inmobiliaria, adicional pavimento, adicional drenaje fluvial, registro, tasa general, gas mercurio y saneamiento. A esas gabelas se suman las del Estado, incluyendo primaria, BPS, IVA e ainda mais. El matrimonio comprende en una forma difusa y sin grandes tecnicismos, que un tercio de su ingreso, según el estudio del CED, se va para pagar un Estado voraz e ineficiente. Pero, como todos, pagan sin chistar.
Los hijos del matrimonio formaron sus familias y se mudaron a barrios más propicios y seguros. Ahora solo quedan Toby el foxterrier y Popi la gata. Con menos preocupaciones y algo de dinero disponible, son jubilados, el matrimonio decide mejorar su casa, o el apartamento. Mientras doña María se encargó del interior, siempre limpio y prolijo; don José padeció un día un ataque de inspiración y decidió mejorar la fachada.
Don José no es ingenuo. No es ciego a la decadencia del barrio. Todas las mañanas hace los mandados y cuando pasa frente a la casa de sus vecinos de la esquina, agradece al Hado propicio que haya inspirado al anónimo burócrata de la Intendencia, a designar ese sitio para ubicar el contenedor de la basura, y no frente a su casa.
El contenedor, cada vez más sucio, y sus alrededores, reciben los aportes de los negocios, boliches y vecinos. De noche convergen allí los demacrados personajes que deambulan por el barrio para hurgar en ellos, en busca de alimento o de algo para vender. También pasa el camión recolector. Todo para gran indignación de Toby que, fiel a su misión de vigía del hogar, no los deja dormir con sus ladridos.
Tarjeta en mano, el vecino compró los materiales y contrató los pintores que limpiaron la fachada con el chorro de agua para sacar la suciedad acumulada por décadas, trataron las superficies, y cuidadosamente pintaron la pared y las ventanas. La elección del color fue un asunto de Estado. Al final se impuso doña María (un gris claro porque le parecía más limpio).
No fue barato. Los costos incluyeron materiales, mano de obra, BPS e IVA y, también, tiempo, esfuerzo y pienso. Es decir, vida. A lo que sumó, la infatigable labor de limpieza de doña María, desvelada por mantener todo reluciente. Cuando terminaron los pintores fue grande la celebración familiar. Vinieron los hijos para admirar la nueva fachada.
Esa noche, u otra noche cualquiera, pasó un desconocido envuelto en la oscuridad, armado de un aerosol negro dejó sus gruesas marcas, sus tags, sin sentido, en la pulcra fachada de la casa, o el apartamento, de don José y doña María.