Cuando cambian los vientos

JOAQUÍN SECCO GARCÍA

Desalienta lo que quedó pendiente de un ciclo excepcional. O más gráficamente el vaso medio vacío en circunstancias en que llenarlo hubiera sido más probable. La coyuntura internacional nos favoreció como nunca. Las políticas no obstaculizaron la filtración de los estímulos importados, lo cual permitió el crecimiento de la economía, las exportaciones, la inversión extranjera, los ingresos, bajó la pobreza y mejoró el consumo. Pero no hemos corregido algunas de las mayores vulnerabilidades que nos han acompañado penosamente durante décadas. Ahora, las dificultades globales son crecientes. Nos quedan muchas cosas por corregir y se abrevian los tiempos y los recursos disponibles. Las cosas se pondrán más difíciles aunque no tendremos otro 2002.

En la economía, la principal debilidad continúa siendo la competitividad. El atraso cambiario es la expresión resumida de la presencia de mayores incentivos para elevar el consumo que para alentar la inversión. Esto ha sido una constante a lo largo de nuestra historia que ha significado que hayamos diluido varias burbujas de esplendor.

Entre las causas de primera línea aparece el permanente aumento del gasto público cuya productividad es decreciente a medida que crece. La gestión de lo público es pésima. En el mejor de los casos contempla el logro de las metas, sin cuidar costos. En algunos propósitos prioritarios -educación, seguridad, infraestructura, relaciones internacionales, intendencias- ni siquiera eso. El ferrocarril es paradigmático.

En la conciencia de los gobernantes existe la creencia que gobernar consiste en crear nuevos impuestos y encomendarles un destino seductor. Luego viene lo mejor: abrir oficinas, cargos de confianza, empleados, dibujar logos y comprar camionetas. En ocasiones se intenta seducir poniendo en la picota a algún pretendido enemigo social como en el caso del ICIR, abrazándose con los intendentes y aclamando al país productivo. Las cosas del campo están lejos de los votantes menos informados y absurdamente resulta redituable el acoso hacia el sector más competitivo de la economía.

Lo que más ha fracasado en el diseño de políticas públicas, ha sido el sistema de incentivos y las estrategias para amortiguar los cambios en la coyuntura. El Mercosur no funciona. Se deberían buscar salidas alternativas que nos evitaran insistir en proyectos inconducentes que crean intereses que luego inhiben el cambio. Tenemos vecinos de grandes dimensiones y respetables mercados internos, comprometidos con sus electores, con sus trabajadores y empresarios, quienes siguen estrategias de sustitución de importaciones y protegen sus mercados internos. Hacernos funcionales a sus proyectos, entre otras cosas, significa operar como vagón de cola que se desengancha al menor tropiezo.

Esto ha sido, es y probablemente será así, por encima de los discursos, las amistades, las promesas y los tratados que no tienen tribunal que los haga cumplir. Con nuestra pequeñez de mercado, la estrategia de crecimiento deberá apoyarse en el comercio internacional. Los aranceles del Mercosur y sus arbitrariedades, son un obstáculo para nuestra competitividad y un bloqueo para nuestra expansión externa. Todo el respeto del mundo a la negociación con los vecinos, pero viajar en el estribo de Brasil y buscar cataplasmas que nos lleven a seguir enterrándonos en proyectos infructuosos es algo que debería ser revisado.

Los aranceles del Mercosur y sus arbitrariedades, son un obstáculo para la competitividad.

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