Pocas cosas cambian tan rápido como la opinión pública. Va y viene, oscila: frunce el ceño un día por un motivo y al siguiente prefiere no mirar. Se enciende, se agota, se apaga, vacaciona hasta marzo. El último ciclista nunca es, en verdad, el último.
Quienes hacemos política en este tiempo de métricas instantáneas y esfuerzos desmedidos por interpelar la atención, convivimos con un desafío enorme: sostener convicciones en un entorno que premia lo inmediato, mientras penaliza la reflexión.
La política sufre una doble ruptura. La gran transformación de la época ha diluido la frontera entre vida y tecnología, de modo tal que emerge un mundo multiescalar definido por el entrelazamiento de vida, inteligencia y sistemas técnicos. No hay mundo social o cultural desprendido de las mediaciones tecnológicas.
Por otra parte, asistimos a una crisis global de confianza institucional marcada por polarización mediática y permanentes síntomas de desconexión entre ciudadanía y política. Frente a esta crisis de sentido, es necesario pensar innovación pública como forma de reconstruir confianza desde la gestión, mejorar servicios y devolverle racionalidad al Estado.
Por su escala, su entramado social, la heterogeneidad de sus municipios y su fuerte identidad, el departamento de Colonia logra un equilibrio singular que permite pensarlo como un laboratorio de innovación pública, donde además el sector privado también invierta -como ya lo está haciendo en gran medida- en ese sentido.
Desde la Intendencia de Colonia postulamos recientemente, por intermedio de la Red de Innovación Local y BIDLab, dos proyectos que buscan aplicar tecnología e inteligencia artificial a problemas cotidianos de la gestión pública, entendiendo que estas herramientas pueden ordenar información, tomar mejores decisiones y mejorar servicios que impactan directamente en la vida de la gente.
El primer proyecto profundiza en el turismo, uno de los motores estratégicos del desarrollo departamental, donde hoy circula una enorme cantidad de personas, datos y recursos sin que siempre contemos con las herramientas adecuadas para comprender esos flujos. El segundo está enfocado en la gestión municipal cotidiana, primera puerta de entrada para los reclamos y la atención al vecino, y motor de tareas que hoy se sostienen muchas veces con esfuerzo y voluntad, pero sin el respaldo tecnológico necesario.
El Uruguay actual requiere una reimaginación del Estado que le otorgue eficiencia en el gasto público. Mientras que las expectativas ciudadanas aumentan, la gente paga más y muchas veces recibe menos. Ahí subyace el germen de la erosión de confianza que mencionamos antes. La utilización de infraestructura digital, datos en tiempo real e inteligencia artificial permite que los servicios puedan estar siempre activos y, al automatizar tareas repetitivas, renueva la propia fuerza laboral del sector público. Heredamos un Estado de acceso universal pero -aunque muchos hayan quedado anclados ahí- propio de un tiempo que quedó atrás.
En esta hora navega un país que precisa crecer, echarse a andar, romper con la imagen de mínima resistencia, conformismo y rutina, y animarse, de una vez, a las reformas de fondo. Si hay una conversación pendiente es porque hay un Uruguay pendiente.