Con pies de plomo

El planteo de Brasil, en el sentido de instalar a la brevedad un Parlamento del Mercosur, al parecer con cierta aquiescencia argentina, causó lógico revuelo en nuestro país. Sobre todo lo causó porque ciertas manifestaciones del presidente Batlle, en la reciente reunión mercosureña de Asunción, parecieron situarse en la línea de no rechazar tal iniciativa. Luego el canciller Opertti, en nuestro Parlamento, tomó distancia del planteo, aclarando que nuestro gobierno no había tenido tiempo de estudiarlo y que, por tanto, no cabía atribuirle ningún pronunciamiento al respecto.

Lacalle, como casi siempre, salió por abajo de las cintas y —antes de la aclaración del canciller— se opuso redondamente a la idea de Lula, ciertamente avalada por Ytamaraty. Sostuvo que Uruguay, durante su gobierno había impulsado la creación del Mercosur como una entidad de alcances y finalidades económico comerciales. Pero no políticas. Jorge Larrañaga muy poco tardó en contradecirlo y situarse en la vereda de enfrente. Sergio Abreu y el senador Gallinal también salieron al ruedo, con posiciones más matizadas, menos tajantes. Y el doctor Sanguinetti no descartó el planteo brasilero, pero advirtió que un paso de esa trascendencia política requiere la previa solución de las conocidas dificultades que en el plano económico y comercial ha exhibido el funcionamiento del Mercosur, impidiéndole constituir una auténtica unión en ese plano no político, en beneficio parejo de sus cuatro países miembros.

También se ha hablado, ahora, de crear nuestro euro. Es decir, una moneda común. Pero ello resulta impensable mientras no se armonicen las políticas macroeconómicas de los cuatro Estados. Todo lo cual debe preceder a cualquier avance en el plano de la integración política. "Piano piano, si va lontano", dicen los italianos.

Ahora bien, en cuanto a la creación —o no— de un Parlamento del Mercosur, la toma de posición exige algunas definiciones previas. Porque, ¿de qué se está hablando? "U séase", ¿qué nos plantea concretamente Brasil? ¿Se piensa en un ornato parlamentario, en un órgano sin facultades decisorias, en una mera caja de resonancias políticas supranacionales? ¿O, por el contrario, se piensa en un órgano con poderes jurídicos efectivos, de carácter legislativo?

Más bien, parece que se trataría de lo segundo. En tal caso, resulta de imprescindible orden previo la dilucidación clara de estas interrogantes: ¿Cuál sería la competencia de dicho órgano, o sea el conjunto de materias sobre las que podría legislar? Segundo, y fundamental: ¿cuál sería la eficacia de las normas que dictara, o sea el valor y la fuerza de sus actos en lo interno de cada Estado miembro? Además —y aquí lo demás no es de menos—, ¿cómo se integraría ese Parlamento? Porque fácilmente se advierte que cualquiera fuere el criterio que se adoptare a tal fin, asignando la representación de cada país en proporción a su población, a su PBI, al volumen de su comercio exterior o en base a criterios mixtos (político-demográficos), la prevalencia de Brasil en la integración del órgano sería desequilibrante. En Europa este problema no ha existido porque ningún país exhibe una asimetría tan impresionante, respecto de sus socios, como la que se da en el Mercosur.

No se nos escapa que todo verdadero proceso de integración económica supone, en mayor o menor plazo, el surgimiento de una comunidad de Estados destinada a crear un sistema orgánico supranacional, con aptitud para producir un derecho derivado y vinculante para sus miembros. Ese es el Derecho Comunitario. La doctrina está conteste en que la supranacionalidad supone que se den estos tres elementos:

1º) El carácter obligatorio de los actos sancionados por los órganos comunitarios, aun para los Estados miembros que se hubieren opuesto a los mismos.

2º) El llamado "efecto directo", en cuyo mérito dichos actos obligan también a los nacionales de los Estados miembros, y no solo a éstos.

3º) La primacía del Derecho Comunitario sobre el Derecho nacional de los Estados miembros.

De sobra se ve, entonces, que en esta materia nuestro Uruguay debe moverse con pies de plomo.

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