La semana pasada escribí en estas páginas que la democracia colombiana estaba amenazada y que en el balotaje del domingo se jugaba algo más que un nombre en la Casa de Nariño. El resultado trajo un alivio que excede a Colombia: la oposición se impuso y frenó la deriva autoritaria que el gobierno de Gustavo Petro venía profundizando y que un eventual gobierno de Iván Cepeda amenazaba con llevar todavía más lejos.
Abelardo de la Espriella se impuso por un margen estrecho, 49,7% contra 48,7%, en una elección reñida y de altísima participación. La diferencia fue de apenas 250 mil votos, lo que confirma que Colombia está dividida y que el nuevo presidente deberá gobernar para una sociedad polarizada, como tantas hoy en día en el mundo. Pero la estrechez del resultado no debe opacar lo esencial, por la vía de las urnas, los colombianos pusieron freno a un proyecto de poder dispuesto a todo para perpetrarse.
Como era previsible, y tan lamentable como previsible, el oficialismo no reconoció la derrota. Petro, que durante la campaña ya había instalado sin pruebas la narrativa de un fraude, volvió a la carga apenas conocido el escrutinio, esta vez cuestionando el voto en el exterior y sugiriendo una manipulación que las autoridades electorales no avalan. Ese desconocimiento del resultado deja claro de lo que Colombia se salvó. Quien gobierna sugiriendo que sólo son válidas las elecciones que gana revela exactamente la naturaleza del peligro que se escenificaba el domingo.
Frente a ese cuadro, el discurso de De la Espriella la noche del domingo fue una señal alentadora. En lugar de responder a la provocación con el tono crispado que domina la política de estos años, llamó a respetar la democracia y el Estado de Derecho, prometió proteger las libertades y los derechos y afirmó que va a gobernar para todos los colombianos, incluidos quienes no lo votaron. No habrá, dijo, una tercera vuelta en las calles.
Son apenas declaraciones iniciales y habrá que ver si se traducen en hechos, pero conviene subrayar su valor, porque lo separan, al menos por ahora, del trumpismo que ha hecho escuela en buena parte del mundo. Ese estilo -desconocer los resultados adversos, tratar al adversario como enemigo, erosionar los contrapesos- es justamente el que Petro encarnó desde el poder. Que el presidente electo elija el camino opuesto, el de la moderación institucional y el reconocimiento del otro, es la mejor noticia de la jornada.
Nada está asegurado. De la Espriella enfrentará una transición tensa, un país golpeado por la violencia y el crimen organizado, y un oficialismo que puede preferir la confrontación antes que la aceptación de su derrota. Gobernar bien será un desafío enorme y las expectativas que despierta no deben hacer olvidar la dificultad de la tarea. Pero el primer paso, absolutamente fundamental, está dado y las instituciones resistieron y la alternancia deberá cumplirse a pesar de las resistencias antidemocráticas.
Se puede tener cualquier opinión sobre el nuevo presidente y aun así celebrar lo ocurrido. Colombia evitó el típico desenlace de los gobiernos socialistas latinoamericanos que llegan por las urnas y después quieren eternizarse. Por eso, esta vez, Colombia respira aliviada y América Latina, que ha visto demasiados de esos finales, también.