La vuelta a la ciudad de muchos montevideanos, luego de las vacaciones, ha servido para comprobar lo ruidosa que es la ciudad y los ataques sonoros que se dirigen a los habitantes de las más diversas formas.
Desde el escape libre de las motos hasta el de los autos, tanto de día como de noche, pasando por los ladridos de los perros o las alarmas de los autos que se accionan solas, o el ruido que producen los martillos mecánicos rompiendo calles o veredas, no hay barrio ni calle que pueda considerarse libre de ese ataque. Debe considerarse oportuna, por lo tanto, una campaña educativa para atender esos y otros problemas similares, desempolvando viejas ordenanza sobre ruidos molestos, devolviendo a Montevideo lo más que se pueda de la tranquilidad del pasado.