Además de ser el título de una ingeniosa película uruguaya, la teoría de los vidrios rotos explica no solo el deterioro de la convivencia que padecemos en Montevideo: también el desastre de su estética urbana. Conocida como “teoría de las ventanas rotas”, fue formulada en 1982 por los criminólogos James Wilson y George Kelling, a partir de un experimento que había realizado el psicólogo Philip Zimbardo en Stanford. En síntesis, consistió en dejar dos autos idénticos abandonados, uno en un barrio carenciado y otro en uno lujoso. El primero fue rápidamente vandalizado y el segundo no. La deducción inicial fue entonces que el delito estaba directamente motivado por la pobreza. Pero bastó con que se le rompiera un vidrio al auto del barrio rico, para que también fuera destruido y destripado en poco tiempo. El psicólogo uruguayo Daniel Eskibel explica que “no se trata de pobreza. Evidentemente es algo que tiene que ver con la psicología humana y con las relaciones sociales. Un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, de desinterés, de despreocupación que va rompiendo códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de normas, de reglas, como que vale todo. Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada de actos cada vez peores se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional”.
Esta conceptualización determinó que, en 1994, la política de Tolerancia Cero impuesta por el entonces alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani tuviera eficaces resultados en el combate al delito.
Por acá, el caos se refleja en ambas variables: violencia social y decadencia urbana. Son realidades que se retroalimentan. Cuanto menos nos preocupa la suciedad, los grafitis vandálicos y el deterioro edilicio, más propensos estamos a naturalizar los campamentos de gente en situación de calle y la inseguridad a cualquier hora del día.
Tendemos a evaluar que se trata de problemas sistémicos de imposible solución y nos equivocamos. Si uno recorre hoy el microcentro de Buenos Aires, mucho más poblado y concurrido que el nuestro, se sorprende por las condiciones de limpieza, la ausencia casi total de grafitis y mugre, y una convencia armónica. Un sábado a medianoche, la calle Corrientes se peatonaliza y se convierte en una fiesta popular donde conviven artistas callejeros y hasta cine al aire libre, para disfrute de la gente. El contraste con nuestra 18 de Julio es lacerante, con sus fachadas pintarrajeadas y mugre por doquier.
Y la verdad es que no es solamente responsabilidad del gobierno departamental. Culpables somos todos, porque naturalizamos una decadencia que ni reclama la intervención de la intendencia, ni asume responsabilidades que nos son propias.
Pongo un ejemplo: hay un local de una empresa financiera en 18 y Carlos Quijano que tiene en su vidriera una gigantografía con la foto de Natalia Oreiro. Hace semanas, tal vez meses que paso por ahí y veo que la cara de la querida actriz compatriota está borrada y alguien escribió sobre ella, con marcador negro, la palabra “uruwacha”. En todo este tiempo, ¿no se le ocurrió al gerente de esa sucursal que tiene que corregir eso? Es la imagen de su empresa. Las bellas fachadas de los edificios art nouveau y art decó que en otro tiempo embellecieron nuestro centro, ¿es justo que estén enchastradas con esos tagging estúpidos, que no son arte mural sino enchastre terraja? Los condominios de esos edificios, ¿no hacen nada por la estética de sus propios hogares? ¿Alguna autoridad departamental se dignará a exonerar impuestos a quien repare sus fachadas o subsidiará la comercialización de pintura antigrafiti?
Lo mismo puede decirse de la nueva moda de afanar esculturas. ¿Van a meter en cana a los delincuentes o se les va a seguir haciendo chas chás en la cola por la picardía? ¿Alguien en la IM o el MEC se va a preocupar algún día de reparar las roturas de El entrevero de José Belloni?
Hay un clima de resignación ante la barbarie: para qué volver a pintar la fachada si en cualquier momento alguien la va a volver a estropear. Es la misma filosofía de la teoría de las ventanas rotas: para qué cambiarlas si las volverán a romper. Así se alimenta el círculo vicioso: dejo un día en un rincón de mi living un objeto que junté en la calle, y a los pocos meses convierto mi casa en un depósito de basura, toda tomada por el síndrome de Diógenes.
¿Es el estado deplorable de la ciudad un reflejo de lo que hacemos dentro de nuestros hogares? ¿Tan mugrientos somos?
En Montevideo, desde hace 35 años votamos mayoritariamente a un partido que no da respuestas en este aspecto. Nuestra inercia electoral es un símbolo perfecto de la deriva antiestética en que flotamos con mansa despreocupación. Confundimos libertad con dejadez, desprejuicio con atorrantismo. Somos muy pro a la hora de comprar un celular, pero indiferentes a que la ciudad que habitamos se nos pudra.
Es triste, pero tenemos las ventanas rotas que nos merecemos.