Ciencia y creencia

Desde Hume hasta los más contemporáneos, como Dawkins y Hawking, la respuesta de los agnósticos era: fuera de la ciencia no hay verdad. Todo puede resolverse científicamente (o no existe).

A lo cual lo primero que se señala, es que esas afirmaciones, al no poder probarse científicamente, son invalidadas por la propia afirmación.

Pero a lo que quiero ir hoy, es a que esa actitud de soberbia seudo científica, está enfrentando un nuevo problema generado, irónicamente, por la propia ciencia. Más concreto, por la Inteligencia Artificial.

Un libro reciente, “Génesis”, escrito por Henry Kissinger y, dos gurúes del mundo informático: Craig Mundie (Microsoft) y Eric Schmidt (Google), al profundizar sobre los contenidos y las proyecciones de la IA, desembocaron en el eterno problema filosófico sobre la naturaleza humana y la existencia de un orden natural. Sobre la necesidad que tiene el hombre de discernir el bien del mal y de encontrarle sentido a su vida.

Como refieren los autores, la Inteligencia Artificial combina una capacidad inimaginable para almacenar información, con una velocidad igualmente inimaginable, no sólo para recuperar la información, sino también para interconectarla y eso en un universo multidimensional de conexiones, de forma tal que la máquina no sólo puede responder lo que se le pregunta, sino, además, llegar a conclusiones propias, según hayan sido las piezas de su memoria que recuperó y las formas en que las interconectó, de entre la enorme masa de información acumulada (por la alimentación externa y por la que la propia máquina va acumulando).

Dicen los autores: “(el mapeo del mundo que hace la IA) no es programado, sino aprendido… (en el proceso de “aprendizaje”) los algoritmos creados por el hombre sólo instruyen a la máquina acerca de cómo perfeccionarse a sí misma, permitiéndole que organice sus propios derroteros”.

Todo esto ocurre a una velocidad fabulosa: el computador IA promedio procesa a una velocidad 120 millones mayor que la del cerebro humano.

Tengamos presente que la IA, más que recuperar información, infiere de entre su stock de información y lo hace reconociendo patrones propios, que son desconocidos para el programador. Porque una vez que está funcionando, la máquina no publicita sus esquemas de funcionamiento y de interconexiones, con lo cual es imposible descifrar sus métodos y procesos: “…los modelos entrenados por las máquinas, permiten a los seres humanos conocer cosas nuevas… pero no cómo esos descubrimientos son alcanzados… Esto separa el conocimiento humano de la comprensión humana en una forma jamás vista … el razonamiento mecánico, que no procede según métodos humanos, está fuera del alcance de la experiencia subjetiva y de la capacidad de las personas, que no pueden captar los procesos internos de las máquinas”.

La capacidad de las máquinas para alcanzar conclusiones nuevas acerca de nuestro mundo, usando métodos no humanos, no sólo quiebra nuestra confianza en el método científico, tal y como ha sido empleada por siglos, sino que desafía la reivindicación humana a una captación de la realidad única y exclusiva (46).

Los autores: “Creemos que la IA va a superar al cerebro humano, en velocidad, diversidad, escala y resolución, reorganizando la jerarquía de la inteligencia humana. La extensión de nuestra potencial desorientación y nuestra percibida inferioridad a partir de este cambio descansa sobre un detalle relativamente menor: si las estructuras de la IA seguirán pareciéndose a las del cerebro humano”. (pág. 59)

Las proyecciones de los autores sobre el futuro de la IA son escalofriantes: podrán comenzar a unir experiencia con comprensión, como hace el hombre. “…una máquina de IA adquirirá, gradualmente, una memoria de sus acciones pasadas, como algo propio” y aunque no sepa subjetivamente que esos actos sean suyos, los podrá procesar como algo histórico y llegar a conclusiones acerca del universo, de la naturaleza de los seres humanos y la de las máquinas inteligentes, adquiriendo una suerte de conciencia de sí mismo. En ese proceso, la máquina podrá llegar a formarse una noción acerca del ser humano y aún de cuál deba ser su relación con él. “Es por tanto fundamental que aprendamos a interpretar estas máquinas y, al mismo tiempo, a hacerlas más seguras para nosotros…” (192)

Central a este problema es el poder determinar los atributos de la verdad. Si el hombre no sabe cuáles son, dejará espacio a la máquina que los determinará, inevitablemente, según sus procesos - que no conocemos.

Ese fenómeno, de desprotección del ser humano a causa del relativismo en el que vive, se muestra muy crudamente en el campo de la moral, del derecho y de la política. Al haber puesto en suspenso toda medida y juicio de valor, el hombre se ve ahora enfrentado a un fenómeno que no conoce de sus relativismos. La máquina, dejada a sí mismo, puede decantar juicios y normas que terminarán revolucionando al mundo de las personas.

Los autores advierten del peligro y plantean la necesidad de que los humanos se pongan de acuerdo para evitar ser sustituidos en sus convicciones de vida por la IA.

Ahí viene el problema: el tema es cómo, si la realidad es de un relativismo y un emotivismo rampantes.

La ciencia que, a los ojos de sus fieles, era la única realidad y verdad, termina haciendo un círculo perfecto y enfrenta al hombre con la necesidad de creer.

De creer que hay un orden natural, que explica al ser humano y al universo, que tiene no sólo un origen - creado - sino también un fin, un telos.

Desarraigado de esta verdad, el hombre hoy vive cada vez con menos mojones, pero eso no es nada comparado con lo que se nos viene de la mano de la ciencia.

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