Charlas más cortas

Después de la conferencia de prensa de Bielsa, las redes se han visto saturadas con comentarios sobre el pedido de los jugadores de Uruguay por charlas más cortas y en días alternados, “para no sobre exigir la atención”. El caso de nuestros jugadores no es el único. Ya en 2022, Luis Enrique había planteado la necesidad de dar a los jugadores la mínima información posible para mantener la máxima atención.

Pero, ¿es un problema de la atención? En algunos casos sí, pero en la mayoría, creemos que no. El mismo pedido recibimos a diario en los salones de clase. ¡Clases más cortas! Los alumnos se aburren y no pueden quedarse quietos, los docentes tenemos que innovar en las propuestas para captar la atención. En la misma línea, en la página 46 del último informe sobre el estado actual de la educación del INEEd se señala “un deterioro generalizado en las habilidades socioemocionales de los estudiantes de sexto grado con relación a 2017, tanto en la motivación y autorregulación del aprendizaje, como en las habilidades interpersonales e intrapersonales”. De nuevo, el problema de la falta de atención.

Gregorio Luri, referente educativo español, plantea que la falta de concentración es un problema pedagógico. Y sí, estamos de acuerdo. Vivimos en un mundo acelerado, con un ritmo frenético. La atención va cambiando de foco, saturando la memoria de trabajo. Recibimos tantos estímulos externos que la atención, entendida como memoria de trabajo, no llega a procesarlos ni a recuperar información de la memoria a largo plazo para que dichos estímulos se conviertan en aprendizajes. Y sobre exigimos la atención. En los salones de clase, esto es un problema claro. ¿Clases más cortas? Esperamos que nuestros alumnos resuelvan problemas de la vida real, que piensen críticamente, que sean creativos... ¿Tienen las habilidades y los conocimientos para hacerlo? ¿Tienen la madurez suficiente? Tal vez son novatos a quienes les estamos pidiendo que se comporten como expertos... Y cuando el desafío es mayor que los recursos para resolverlo, la atención vuelve a caer.

¿Será que tenemos que repensar nuestras prácticas para que los alumnos atiendan? ¿O podemos recuperar a la escuela como espacio de encuentro, donde frenamos a contemplar la realidad? Si en las instituciones educativas nos volvieran a enseñar que hay cosas que no se logran al apretar un botón, que crecer requiere paciencia, equivocarse y esfuerzo, tal vez no sería necesario acortar las clases. Tal vez no se nos pediría que estimulemos a los alumnos con propuestas divertidas. ¿Por qué? Porque recuperaríamos esos hábitos que nos permiten sostener la atención. Aunque no tengamos ganas.

Porque, aunque no estemos motivados, los seres humanos tenemos el privilegio de poder elegir. Tenemos la capacidad de entender que hay bienes por los que vale la pena esforzarnos, aunque nuestro instinto nos diga lo contrario. Porque la voluntad, la “autorregulación”, si queremos sonar modernos, se educa. Si no la desarrollamos, ¿cómo nos hacemos dueños de nosotros mismos? ¿Cómo aprendemos, aunque no tengamos ganas?

¿Clases más cortas, charlas más cortas? Puede ser. Pero antes, aseguremos haber intentado desarrollar los hábitos intelectuales y morales que nos permiten encauzar la atención.

Nota: Calvete y Betancurt pertenecen a la Facultad de Humanidades y Educación  de la Universidad de Montevideo (UM)

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