Al poco tiempo de ser reelecto, el presidente Washington esta vez no por unanimidad, acontecieron los cambios esperados a consecuencia de haberse formado dos partidos. Jefferson se fue del gabinete, pero no cesó su acérrima oposición al gobierno del cual había sido parte. Washington trataba de unificar antes que ser parte de un bando.
Pendiente en la agenda estaba la negociación del tratado entre EE.UU. y GB, para normalizar las relaciones entre los dos países una vez terminada la guerra. Había que resolver múltiples temas. Los límites de la extensa frontera entre EE.UU. y Canadá, el retiro de las tropas británicas y el abandono de sus fortines en el noroeste. Asuntos relacionados con comercio exterior, aranceles, derechos marítimos, etc. más las compensaciones que los sureños querían obtener por los esclavos que los británicos liberaron para combatir la revolución.
El tratado se firmó a fines de 1794 (importante hito de la nueva nación) pero fue duramente atacado por Jefferson, Madison y cuestionado por otros, ya que comprometía el pago de deudas prerrevolucionarias a los mercaderes británicos. No hubo jubileo como querían los elementos populistas ni la compensación por los esclavos liberados. Rubricado el acuerdo en Londres, Washington lo ratificó, si bien no llenaba todas sus expectativas. Por ejemplo, no contemplaba el cese de la práctica de la marina real de abordar navíos norteamericanos y hacerse de marineros. Además concedía privilegios al comercio entre ambas naciones y las islas occidentales en desmedro de otros estados. Esto irritó a los francófonos, los colonos de Haití refugiados en EE.UU. Hubo grandes manifestaciones y disturbios que sucedieron a continuación, aunque con el tiempo se disiparon. Los republicanos trataron de trabar lo acordado pero no lo lograron.
El negociador escogido para esta difícil tarea fue Jay, quien se desempeñaba como presidente de la Suprema Corte de Justicia, aunque originalmente se pensó en enviar a Hamilton a Londres. Pero Washington lo necesitaba más próximo a él, igualmente su influencia fue clave en la implementación y el objetivo estratégico a largo plazo que era acercarse a GB, reciente enemiga.
El otro tema clave durante la segunda presidencia de Washington fue encarar la necesidad de recaudar fondos para costear la administración pública. Finalmente se decidió imponer un impuesto al whisky, medida que resultó muy impopular y produjo vastas protestas. Se produjo una sublevación al oeste de Pennsylvania, donde los recaudadores sufrieron vejámenes, amenazas y hubo algunas muertes, destrozos e incendios provocados por turbas. Ambos, Washington y Hamilton coincidieron en que derogar la medida enviaría una muy mala señal. Se debía imponer la ley y cobrar el tributo. Se obtuvo una resolución de la Suprema Corte certificando que existía un estado de rebeldía. Con profundo pesar se decidió movilizar un ejérci- to de unos 13.000 hombres para reprimir el desorden. Tampoco fue tarea fácil, surgió una revuelta en Maryland contra el reclutamiento que fue reprimida.
Como el secretario de guerra (Knox) había pedido licencia, Hamilton tomó la posta interinamente y junto con Washington partieron a caballo hacia el oeste. Washington decidió acompañar la expedición militar hasta quedar convencido de que la rebelión iba a ser sofocada exitosamente y sin excesos. Los sublevados, al ver semejante muestra de fortaleza y determinación, se fueron a sus casas. Se arrestó a varias personas y hubo 20 condenas. Las penas de prisión fueron eventualmente conmutadas.
Si bien el impopular impuesto fue derogado durante la presidencia de Jefferson, quedó demostrado que la joven nación no toleraría la anarquía y que de ocurrir, sería reprimida con prudencia pero con abrumadora fuerza. Los ahorros de Hamilton se habían extinguido y había acumulado deudas personales por encima de lo conveniente. Con la administración pública encaminada, Hamilton decidió renunciar como secretario del tesoro. No por ello dejó de estar involucrado con la gente que había puesto en el gobierno y siguió en estrecho contacto con Washington. Pronto volvió a ser el abogado más influyente en Nueva York.
Hamilton sabía que Washington no se iba a presentar para un tercer mandato, de hecho ayudó a redactar con bastante anticipación su memorable discurso de despedida. Lo habían acusado de querer entronizase en el poder, como un cuasi rey y Washington quería dejar sentada su preferencia por solo una reelección.
Fuera del gobierno la actividad política de Hamilton siguió, con la desventaja de no contar ya con el cercano y cuasi paternal consejo de Washington y el freno, moderando sus impulsos e hiperactividad.
Hamilton estaba empeñado en impedir que Jefferson fuera electo presidente. Al mismo tiempo, por razones tácticas electorales, deseaba evitar que John Adams, el actual vicepresidente e importante político de su partido fuese nominado. Apoyaba solapadamente a Pinckney. Calculaba que esa candidatura aseguraría con más certeza la derrota de Jefferson.
Adams, de Boston, era honesto pero vanidoso e iracundo, con poca perspicacia para lo financiero (odiaba a los bancos) y consideraba que le correspondía ser el candidato del partido Federal. Cuando se enteró de las maniobras de Hamilton, su colega en el partido, las consideró una traición y se convirtió en un acérrimo enemigo que no lo perdonó nunca y no paró de insultarlo de allí en más. Eventualmente, Adams, superó a Pinckney, ganando ajustadamente la presidencia al republicano Jefferson. Hamilton no se resignó a ser un rico y prestigioso abogado en NY y seguía activo en política. Buena parte de la administración pública nacional escogida por él siguió en sus puestos y le respondía.
Afloró entonces la figura de Aaron Burr (*) de Nueva York, como sucesor de Adams. Hamilton que lo conocía del gremio, tenía muy mala opinión de él y puso manos a la obra para impedir su candidatura, a pesar de que con eso aseguraba el triunfo de Jefferson. “Prefiero una persona que tenga principios, aunque no coincidan con los míos, a una persona sin principios”.
(*) Mató a Hamilton en un duelo.