Cambia, todo sigue igual

FRANCISCO FAIG

En pocos días más los sindicatos tendrán su movilización por una asamblea constituyente. Se sabe cuál es el sentido general que se le quiere dar: se trata de profundizar los cambios; por tanto, de liquidar algunos principios de la "economía burguesa" con las garantías liberales de la "democracia formal", tan denostadas, una y otra, por una parte de la izquierda.

Esta gimnasia solo puede entenderse a la luz de la campaña electoral por las internas de mayo del Frente Amplio. En efecto, el despertar de los viejos sueños refundacionales procura, en realidad, obtener apoyos para las candidaturas más identificadas con la izquierda leninista entre los adherentes más duros. Se trata de seducir a los militantes que aprecian el discurso izquierdista más reaccionario: los (escasos) que animan los comités de base; los que se saben de memoria "las venas abiertas de América Latina" protegidos tras su muro de yerba; los que creen que el mundo es Cuba y Venezuela. Ellos son los que conocen el entramado frenteamplista y pueden inclinar la balanza en unas elecciones en las que el peso de los aparatos sectoriales será el que termine decidiendo el ganador.

Mientras todo eso ocurre, el gobierno profundiza su alianza con el capitalismo transnacional. El Frente Amplio dice tener el corazón del lado izquierdo. Pero sostiene con firmeza el portafolio de sus negocios con su mano derecha. En las finanzas, acceder al grado inversor significa dejar atrás el período de depresión de 2002 y reivindicar un logro obtenido en la segunda administración Sanguinetti. Podremos tener mayor visibilidad para recibir más inversiones extranjeras y conseguir préstamos internacionales con mejores condiciones. En la energía, sin estruendos, más temprano que tarde, nos transformaremos en exportadores de hidrocarburos gracias al aporte de lo más representativo del capitalismo transnacional, que negoció sus favorables condiciones con el hijo del Bebe Sendic. Acordar con British Petroleum o Total era inimaginable para una izquierda que, en diciembre de 2003, tenía al senador Rubio como destacada figura en el plebiscito para oponerse a la asociación de Ancap con empresas extranjeras.

Frente a esta cruel realidad capitalista, el sufrido militante de base, sangra por la herida de su coherencia ideológica. Para tranquilizar su conciencia, se satisface en que su gobierno bajó la pobreza y mejoró la redistribución de la riqueza: en 2011, el 13,7% de la población del país fue pobre y el índice de Gini fue de 0,4. Claro está, en tiempos de campaña electoral, la hegemonía cultural de izquierda nada dirá sobre lo que cualquier analista en ciencias sociales sabe: que el Uruguay entre 1985 y 1995 bajó la pobreza del 46% al 15%; y que el mejor guarismo de Gini hasta 2011 fue el de 1991, en plena administración blanca. Lo mejor es esconder la cabeza como el avestruz y seguir tomando mate en el comité hasta quedar verde.

El Frente Amplio está perdiendo una buena oportunidad de sincerarse. Cambia mucho, pero no se atreve a asumir esos cambios, ni a integrarlos en un discurso moderno e integrador. Prefiere seguir apelando al primitivo reflejo refundacional que moviliza a su militancia leninista, mientras que su gobierno se abraza al gran capitalismo con un fanatismo propio del nuevo converso. Así, lamentablemente, es imposible que alumbre una izquierda de primera.

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