Cajarville y su denuncia

GONZALO AGUIRRE RAMÍREZ

Denuncia digo y no renuncia, porque la carta en que el Prof. Juan P. Cajarville ha dimitido a su cátedra y a la dirección del Instituto de Derecho Administrativo es, en rigor, una patética advertencia sobre la estrepitosa caída del nivel intelectual y cultural de los estudiantes universitarios. Naturalmente, si el déficit salta en ellos a la vista, piénsese de qué magnitud será el de los jóvenes que no llegan a iniciar estudios terciarios. Todo el sistema educativo está en profunda crisis.

Podría dedicar este espacio a deplorar el alejamiento de este docente y señalar los hitos de su brillante trayectoria. Desde su primer estudio "La delegación de atribuciones" (1971) -cuando aún era estudiante-, el nivel científico de su producción fue siempre muy alto. Pero, lamentablemente, el retiro de un gran catedrático es asunto de menor cuantía frente al gravísimo problema que ha puesto sobre el tapete.

"El nivel de la enseñanza ha descendido hasta tal punto -afirma Cajarville-, que las clases deben necesariamente limitarse a una mecánica repetición de conceptos cada vez más elementales, y los períodos de examen son ocasión de reiteradas profundas decepciones".

El fenómeno, como él también señala, no es exclusivo de la Facultad de Derecho estatal. Es, por supuesto, de carácter general. Y tampoco es nuevo. Sí, se va agravando. En 1987, siendo yo senador, el Dr. Cassinelli Muñoz tuvo la deferencia de invitarme a integrar un tribunal examinador de Derecho Constitucional 2°, como en años anteriores a la dictadura, en que tuve el honor de acompañarlo en esa tarea. Tras aclararme que el programa era el mismo de principios de los años setenta, me advirtió:

-La exigencia tiene que ser bastante menor, porque vienen mal preparados de secundaria y, si no, perderían casi todos.

Además, la pérdida del nivel de exigencia académica, también advierte el renunciante, "como es inevitable, se está reflejando en otros ámbitos de la actividad nacional, estrechamente vinculados a ella". Es decir, en todos los relacionados con el ejercicio profesional. Ya sea el derecho, como de la medicina o la ingeniería. Pero el derecho va de la mano con la Justicia, la legislación y la administración pública.

La cuestión, claro está, no es de análisis simple, pues obedece a una pluralidad de causas. El primer ámbito educativo es el de la familia. Y si ésta no funciona como tal, o los padres ya pertenecen a una generación de bajo nivel cultural, falta ese ambiente formativo insustituible o no está habilitado para funcionar como tal.

La falta de aptitud intelectual para asimilar una enseñanza universitaria exigente, nace de la insuficiencia de los conocimientos que anteriormente se debieron adquirir y de la inexistencia de las destrezas y hábitos imprescindibles para estudiar y comprender a los profesores. Uno de estos últimos, el básico, es el de la lectura.

Los niños y adolescentes le tienen alergia a los libros. Tratan de saltearse la lectura de textos y tratados. O, cuando no pueden eludirla, su comprensión es pobre, porque no tienen ejercitados dos dones imprescindibles: el del razonamiento y el de la memoria. Tiempo atrás escribí un artículo que titulé: "No leen: ergo, nada saben".

Hay quienes creen que los jóvenes sustituyen esta carencia con el alud informativo que proporcionan los medios audiovisuales e internet, donde no se distingue lo trascendente de lo banal. Lo que me trae a la memoria lo dicho por Karl Popper a Guy Sorman:

-No se deje avasallar por el torrente de la información. Y, en toda ocasión, distinga lo verdadero de lo falso.

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