Hasta el último segundo el establishment corrupto que lleva décadas carcomiendo la economía y las instituciones, intentó impedir que Bernardo Arévalo asumiera la presidencia.
Como su principal proyecto de gobierno es extirpar la corrupción, desde que venció en el ballotage a la populista de izquierda Sandra Torres llovieron recursos judiciales intentando invalidar la elección presidencial con argumentos inverosímiles. Y hasta el último momento se presentaron recursos legislativos para impedir que asuma el cargo. Pero, esta vez, Estados Unidos actuó al revés de cómo lo había hecho al apoyar el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954 y presionó para que pueda asumir el líder socialdemócrata.
En un giro benévolo de la historia, Arévalo alcanzó el cargo que había ocupado su padre. El conservadurismo golpista que inició en Guatemala la trágica deriva caribeña y centroamericana, plagada de guerrillas, revoluciones y dictaduras de izquierda y derecha, finalmente entregó el poder a un auténtico liberal-demócrata. Al menos en el capítulo que acaba de comenzar, la historia guatemalteca se redime.
Su padre, Juan José Arévalo, fue parte la “Revolución de Octubre” que puso fin al injusto ancien regime imperante desde 1871, abriendo paso a la primera elección verdaderamente libre de la historia. La ganó un académico, tanto en los claustros universitarios donde enseñó filosofía como en la presidencia. Fue Juan José Arévalo quien le enseñó a la inmensa mayoría de etnia maya, que tenía derecho a elegir libremente sus gobernantes y controlarlos a través de los poderes Legislativos y Judicial. Le enseñó también que los latifundistas y la multinacional bananera United Fruit no tenían derecho a oprimirla y marginarla de la “cosa pública”.
Durante su mandato impulsó las reformas de espíritu socialdemócrata que continuó su sucesor, Jacobo Árbenz.
Ambos pusieron a Guatemala en el camino que la sacaría del autoritarismo latifundista y la llevaría a una democracia moderna con economía de mercado.
Pero Estados Unidos cometió el error de creer en la campaña de la United Fruit difamando a esos presidentes como comunistas. Por eso apoyó hasta con bombardeos el derrocamiento de Árbenz que en 1954 convirtió en dictador a un personaje obscuro: el coronel Castillo Armas.
El país que podría haber irradiado su democracia a toda la región, terminó siendo el big bang que derribó las posibilidades de democratización y modernidad en el resto de Centroamérica y el Caribe.
Guatemala pudo ser lo que es Costa Rica desde el gobierno de José Figueres, el presidente de las grandes reformas institucionales y sociales. Lo que pudo sostenerse en Costa Rica, fue destruido en Guatemala en 1954.
La deriva autoritaria incluyó insurgencias como el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y dictaduras exterminadoras como la del general Efraín Ríos Mont. Hasta que llegaron los “Acuerdos de Paz Firme y Duradera” que, en diciembre de 1996, clausuraron 36 años de guerra interna.
No obstante, la democracia posterior quedó en mano de una dirigencia decadente que supuró gobiernos corruptos como el de Otto Pérez Molina, cuya vicepresidenta, Roxana Baldetti, encabezó un monumental sistema de defraudación aduanera. También Jimmy Morales, quien acumuló denuncias que iban desde financiación ilegal de la política hasta acoso sexual y violencia de género.
El último guardián de la corrupción y la decadencia institucional fue el anterior presidente. Temeroso de que las denuncias de recibir sobornos lo sienten en el banquillo de los acusados, Alejandro Giammattei se valió de la fiscal Consuelo Porras para expulsar del país a la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y para impedir a como sea que el ganador de la última elección asuma la presidencia.
Ese vencedor en las urnas, al que el autoritarismo y la corrupción intentaron derrocar antes de que asuma, es Bernardo Arévalo, hijo del presidente que inauguró la “era de oro” democrática que aplastaron la United Fruit, la CIA y el ejército guatemalteco.
Como su padre, el nuevo presidente es un académico. Si bien ocupó cargos diplomáticos en el gobierno de León Carpio, no se zambulló en la política hasta que fundó el movimiento Semilla y ocupó una banca en la anterior legislatura.
Bernardo Arévalo propuso una economía libre y sin monopolios, y una institucionalidad liberada de la corrupción endémica.
Contra Juan José Arévalo hubo más de 30 asonadas golpistas. Al hijo intentaron impedirle la asunción del cargo, con denuncias estrafalarias lucubradas por los jueces que están asociados a la clase dirigente corrompida. Consuelo Porras fue el instrumento que más utilizó la dirigencia corrupta para cerrarle el paso.
Pero en una tumba carnera de la historia, Washington actuó a la inversa de cómo había actuado en 1954. Y sus presiones institucionales y políticas fueron cruciales para que fracasaran las conspiraciones.