Según Aristóteles, el saber avanza gracias a las sorpresas. Cuando caminamos por caminos trillados, cuando volvemos a recorrer los que ya habíamos recorrido, el progreso del saber se detiene al fin como agua que se estanca. Es solamente cuando chocamos con un obstáculo que no debiera estar allí, cuando nos envuelve una sombra oscura y al parecer inexplicable, que nuestra mente se reactiva en busca de respuestas. Si no las encuentra, desespera. Si las encuentra, trasciende el reino de las sombras, del "a-sombro", que la había paralizado y parte otra vez a la caza de certezas.
La inesperada renuncia del Papa Benedicto XVI a su inmensa responsabilidad ha seguido paso a paso esta descripción aristotélica. Hubo algunas renuncias papales, muy pocas, en la historia de la Iglesia. Todas ellas ocurrieron, empero, en medio de agitaciones, de enfrentamientos y hasta de cismas. La dimisión de Benedicto estalló, en cambio, como una piedra en un lago que hasta ese momento parecía apacible. ¿Cómo explicarla?
Volvamos por lo pronto a la advertencia profética que formuló San Jerónimo hacia el año 400 de la era cristiana: "es más fácil suponer que el sol y la tierra se extinguirán que imaginar el fin de la Iglesia". En la imaginación de 1.300 millones de católicos, la Iglesia "es" el Papa y el Papa "es" la Iglesia, sin que se repita esta clase de identificación entre una comunidad y su representante en ninguna de las religiones cristianas o no cristianas que pueblan la Tierra. ¿Cómo asombrarse entonces ante la sensación universal de crisis que acompañó a la renuncia de Benedicto XVI? Se acababa de caer un pilar, una creencia, que pueblos enteros, católicos o no, tenían por incuestionable.
Cuando Stalin, Roosevelt y Churchill rediseñaban el mundo a fines de la Segunda Guerra Mundial, al preguntar el estadista inglés por la posible influencia del Papa en los acontecimientos, Stalin formuló su propia repregunta "El Papa… ¿cuántas divisiones tiene él?". Pero el Papa no tiene divisiones. ¿Cuál es entonces la naturaleza de su poder?
El poder "político" que atribuimos al Estado consiste en la posibilidad de poner a sus súbditos en el dilema de obedecer o de ser castigados por medios "materiales", sean ellos la multa, la cárcel o, en ocasiones, hasta la pena de muerte. La ventaja de los castigos "materiales" es que son evidentes incluso para los que no creen en ellos. La Iglesia no posee esta clase de poder porque sus castigos solo son evidentes para los que creen en ella. ¿Qué sentido tendría, por ejemplo, que el Papa excomulgara a un musulmán?
El poder de la Iglesia y, en su cima, el poder del Papa, no es entonces un poder "político" que en última instancia apela a una fuerza física evidente para todos sino un poder "espiritual" que en última instancia reside solo en la conciencia de los que creen en él. Aquí, alguien se animará a sugerir que un poder así, de una base tan sutil, tan poco material, es en el fondo un "mito". Convengamos en que, si lo es, es en todo caso un mito al que sostienen dos mil años de historia.
La renuncia de Benedicto XVI al Papado llamó doblemente la atención porque marcó un giro de 180 grados frente a la actitud de su predecesor Juan Pablo II en los tramos finales de su reinado. La lección moral de este gran Papa destinado a los altares fue que a la titularidad de la Santa Sede no se renuncia ni aun en medio de dolores que llevan al martirio. La aceptación del Papado hasta las últimas consecuencias fue vivida por Juan Pablo II como un misterio que no estaba en sus manos descifrar.
¿Fue esta la actitud de Benedicto XVI cuando él mismo renunció? ¿Fue la suya una entrega total a un destino que, sin embargo, no conocía? ¿O fue la suya la digna actitud "humana" del que reconoce sus limitaciones? Algunos, más críticos, se preguntarán: en contraste con Juan Pablo II, que todo lo apostaba a Dios (recordemos su lema: "Todo tuyo") ¿no hemos tenido en Benedicto XVI a un Papa "humano, demasiado humano"?