Hay momentos en la historia de los países en que el progreso de los mismos deja de ser una consigna política partidaria, para convertirse en responsabilidad política colectiva. Uruguay vivió uno de estos momentos al inicio del siglo XX, cuando una revolución tecnológica transformó la producción, el transporte, las comunicaciones, la energía, la reformulación del trabajo y la vida urbana.
La electricidad, el ferrocarril, los servicios públicos y la expansión educativa cambiaban aceleradamente la sociedad.
José Batlle y Ordóñez (Don Pepe) comprendió entonces, que la modernidad no debía ser contemplada como un actor sino como protagonista activo, para conducirla con decisión, instituciones y sentido republicano observando que hacían los mejores del mundo e integrarlos inteligente a nuestro pais.
No se trataba solo de incorporar adelantos económicos materiales, sino de capitalizarlos democráticamente dentro de un proyecto nacional. El progreso, para ser estructural y compartido, debía traducirse en ciudadanía, derechos, integración social y soberanía, así como una profunda generosidad.
Más de un siglo después, Uruguay vuelve a encontrarse ante una encrucijada histórica. Pero la diferencia central es la velocidad. La inteligencia artificial no solo introduce una nueva tecnología, acelera todo lo demás. Automatiza decisiones, transforma oficios, redefine industrias, desafia la educación y modifica la relación entre ciudadanos, empresas y Estado.
Lo que antes demoraba décadas, hoy puede cambiar en horas, días o meses. La inteligencia artificial no es muy paciente.
Frente a este fenómeno, los países encuentran un cruce de caminos entre una adopción temerosa y la apropiación carente de análisis. El verdadero desafío para nuestro país, consiste en gestionar la innovación con inteligencia, regularla con prudencia activa y someterla a principios democráticos. Esa fue una de las grandes enseñanzas del batllismo histórico.
Don Pepe no se opuso a la modernidad; la entendió. Pero tampoco aceptó que los sectores estratégicos quedaran librados al azar del mercado o a intereses ajenos al destino nacional.
Esa capacidad de conducción tuvo otra característica esencial, la integración. El batllismo no entendió la modernización como un proceso reservado a las elites, ni como una importación de modelos extranjeros. Su fuerza histórica consistió en ampliar la ciudadanía real, incorporar a los trabajadores, fortalecer a las clases medias, extender la educación, proteger a los sectores vulnerables y construir un Estado capaz de representar a una sociedad más compleja.
Esa vocación integradora conserva plena vigencia. Hoy la “revolución IA” puede dividir a la sociedad entre quienes acceden al conocimiento y a las nuevas oportunidades, y quienes quedan rezagados ante la automatización o la falta de formación. Un enfoque batllista para el siglo XXI debería evitar esa fractura, transformando la inteligencia artificial en una herramienta de inclusión y no un factor adicional de desigualdad.
En nuestro tiempo, los sectores estratégicos son los datos, los algoritmos, la conectividad, la ciberseguridad, la investigación científica y la formación de talento humano. Allí se juega una parte decisiva del poder económico, cultural y político del siglo XXI. Por eso, el debate sobre la inteligencia artificial debe salir del círculo técnico y ocupar un lugar central en la agenda pública.
La respuesta nacional debe ser republicana, moderna y humanista. Republicana, porque toda tecnología que afecte derechos debe tener reglas claras, transparencia y control democrático. Moderna, porque el país no puede refugiarse en la nostalgia. Humanista, porque ningún avance puede considerarse progreso si aumenta la desigualdad, precariza el trabajo o debilita la libertad.
La educación vuelve a ser el punto de partida. Así como el Uruguay batllista entendió que la enseñanza era instrumento de ciudadanía, el Uruguay de hoy debe asumir que la alfabetización digital es parte esencial de la igualdad de oportunidades. No alcanza con dispositivos ni conectividad, se requiere pensamiento crítico, comprensión de datos, ética digital y criterio ciudadano.
El Estado también deberá transformarse, pero transformarse no significa abdicar. Debe usar inteligencia artificial para mejorar la salud, la educación, la seguridad, la atención ciudadana y la eficiencia administrativa, con garantías.
Un algoritmo público no puede ser una caja negra. Toda decisión que afecte derechos debe poder explicarse y corregirse.
La visión de Don Pepe no consiste en repetir mecánicamente las soluciones de su tiempo. Consiste en conservar su método, anticiparse, reformar, proteger, educar e integrar para modernizar. El batllismo fue grande porque no separó modernidad de integración.
La revolución de comienzos del siglo XX encontró en Jose Batlle y Ordoñez una conducción política capaz de transformar innovación en instituciones.
La “revolución IA” de nuestro tiempo exige una respuesta de la misma estatura, comprender la velocidad del cambio, anticiparse a sus consecuencias y poner la inteligencia artificial al servicio de una nueva etapa del desarrollo nacional.