La revolución no se va a ver por televisión”. Eso cantaba hace muchos años Gill Scott Heron, un popular músico americano de los 70 y 80. Y la frase viene a la cabeza, machacona e impertinente, cada vez que leemos cosas sobre la revolución de eso que llamamos (probablemente mal) “inteligencia artificial”. Es que si algo agudizan los años en el periodismo es lo que algunos llamamos el detector de humo. O sea, una especie de alarma interna que se enciende cuando alguien nos está promocionando algo de forma exagerada. Y esa alarma se nos viene encendiendo de manera insistente con cada nuevo experto, con cada augurio y vaticinio, sobre este avance tecnológico, casi mágico.
El tema nos golpeó durante un reciente viaje a Corea del Sur. Por si usted no lo sabe, ese país concentra la producción de los chips esenciales para el funcionamiento de la IA. Es por ello que en particular la bolsa de Seúl venía teniendo un crecimiento imparable. Pero todos los titulares en la capital coreana por estas fechas hablan del derrumbe de ese furor. Y de lo que en inglés se denomina “boom and bust”, algo así como auge y explosión, de la inteligencia artificial.
Tal vez por haber leído sobre eso, al regreso el algoritmo de youtube no paró de ofrecernos contenido crítico sobre el “boom” de la IA. Primero fue la ya famosa entrevista con Alex Karp, uno de los cerebros de Palantir, la compañía que todo progresista biempensante ama odiar. Karp dijo algo que está sacudiendo los cimientos de esta industria. Que el modelo de las OpenAI-Anthropic-Grok-Gemini no es financieramente sustentable. Que son servicios carísimos, que no tienen una rentabilidad proporcional a lo que precisan invertir a corto plazo. Y algo más llamativo, que muchas grandes empresas se dan cuenta que están entregando información clave de su modelo de negocios a gente que la puede usar para competirle.
Esto mismo señalaba en otra entrevista Marc Cuban. Se trata de uno de los emprendedores seriales más importantes de Estados Unidos, “jurado” de un muy popular programa llamado “Shark Tank”, y además fue dueño de los Dallas Mavericks, de la NBA. Cuban sostiene que es imposible que se logre invertir el dinero suficiente para volver rentables estas empresas, y en especial insiste con lo de la propiedad intelectual. Al punto que advierte que ya se está viendo una afectación al registro de patentes global, porque la gente sabe que desde el momento que publica determinada información, los modelos la toman y la usan como quieren.
Y para rematar, otra entrevista nos terminó de complejizar el panorama. Fue con Ed Zitron, un comentarista de temas tecnológicos medio progre y escéptico, que está en las antípodas de Alex Karp, pero que dice algo muy similar. “La IA no es el futuro. Por el único motivo que las big tech invierten en esto, es porque se quedaron sin ideas, porque no hay un nuevo Google, un nuevo Iphone. Por algo OpenAI tuvo que postergar su salida a bolsa, porque no va conseguir la plata que espera”.
Todo esto suena muy sofisticado y complejo. Y si nos pregunta, no dudamos que otras personas igual de relevantes, o tal vez estos mismos gurús, hace seis meses decían todo lo contrario. Pero desde nuestro modesto lugar, hay algo que nos viene llamando la atención hace tiempo del boom de la inteligencia artificial. Y es la cantidad de “expertos” que hemos generado de la noche a la mañana.
Gente que hasta hace seis meses te hablaba de fakenews, de cambio climático, o de blockchain. Pero que ahora, de manera mágica, se te paran con total suficiencia y te dan una conferencia sobre inteligencia artificial. “¡Hombre!... ¡que yo en esto, de toda la vida!”.
Hay un segundo tema que nos detona el detector de humo. Y es que vivimos en una época donde hay una especie de fetiche irritante por anticipar el futuro. No sólo eso, sino de creer que todo lo que pasa en nuestro ínfimo tiempo vital es lo que va a cambiar para siempre a la humanidad. Entonces todo ejecutivo, académico, o persona en cargos de decisión, tiene que estar permanentemente dando prueba de que está en lo último, en lo más moderno, para dar evidencia de que no se ha convertido en una momia descartable. Visite por 10 minutos ese pozo negro del autobombo llamado Linkedin, y nos cuenta.
A ver... para volver al principio, Gill Scott era un gran poeta, pero también un reverendo papanatas, como diría el abuelo de este autor. Se pasaba criticando a Reagan y sus posturas políticas hacen que este Mamdani de Nueva York parezca Manini Ríos. Tal vez sí estemos a la puerta de una revolución similar a la de los 2000 con internet, que también tuvo una burbuja explotada. El tiempo lo dirá. Lo que es seguro es que todos vamos a tener que agudizar el detector de humo. Porque la cantidad de cantamañas, y de disparates que vamos a escuchar en los próximos años, va a ser asfixiante.