LEONARDO GUZMÁN
El mundo ha leído que el gobierno de La Habana va a despedir a miles de funcionarios públicos y a incentivar la actividad privada.
El hecho rompe los esquemas. Pero más los rompen los fundamentos por los cuales la Central de Trabajadores de Cuba apoya tamaña decisión. Los publicó Granma, órgano oficial del Partido Comunista repleto de carga simbólica: tomó su nombre del yate que en 1956 transportó de México a Cuba a los rebeldes contra la dictadura de Batista que encabezaba Fidel. Singularmente, el nombre no tiene impronta antiyanqui ni revolucionaria: es apenas el tierno apócope de "grandmother" (abuela)…
La CTC afirma que "En correspondencia con el proceso de actualización del modelo económico… se prevé en los lineamientos para el año próximo la reducción de más de 500.000 trabajadores en el sector estatal y paralelamente su incremento en el sector no estatal." Y ello, porque "es conocido que el exceso de plazas sobrepasa el millón de personas".
Y sigue la organización gremial: "Nuestro Estado no puede ni debe continuar manteniendo empresas presupuestadas con plantillas infladas y con pérdidas que lastran la economía, resultan contraproducentes, generan malos hábitos y deforman la conducta de los trabajadores. Es necesario elevar la producción y la calidad de los servicios, reducir los abultados gastos sociales y eliminar gratuidades indebidas, subsidios excesivos, el estudio como fuente de empleo y la jubilación anticipada".
Y más adelante dice: "Todo este proceso se efectuará sobre bases y normas nuevas y se modificará el actual tratamiento laboral para los disponibles e interruptos, pues ya no será posible aplicar la fórmula de subsidiar salarialmente de forma indefinida a los trabajadores".
El remezón llega hasta afirmar que "hay que revitalizar el principio de distribución socialista, de pagar a cada cual según la cantidad y calidad del trabajo aportado".
Tentados estamos de confrontar estas tesis gremiales con las que se proclaman en las pujas que hoy nos aturden en torno al Presupuesto. Y más tentados aún estamos de evocar cuánto costó en carcelazos, destinos y vidas la división de Cuba y la exportación del modelo revolucionario, que signó la quiebra de la paz para pueblos como el nuestro.
Pero esas tentaciones, aun siendo inobjetables, deben ceder ante la certeza de que nuevas exigencias y nuevas fatigas requieren la atención nacional. Hoy la cuestión no es quién tuvo razón frente al régimen de Cuba sino qué razones debemos construir entre todos, para convivir entre ciudadanos desafectos a los extremismos.
A partir de la experiencia propia y del mundo -Cuba incluida-, es hora de buscar, otra vez, la síntesis nacional por todo lo alto. Ni individualismo antisocial ni disolución de la persona en el colectivo. Ni todo asegurado sin libertad ni todo libre sin seguridad. Lo vieron claro los estadistas que nos dieron grandeza. Lo enseñó Vaz Ferreira. Lo encarnó la legislación nacional. Sobre el tema, estamos, todos, llamados a la enorme tarea de dialogar para entendernos como pensamiento y como acción.