Artigas y Francia

He leído, con gran interés y provecho, "El Caudillo y el Dictador". Este libro, recientemente editado, es cuantitativamente extenso —605 páginas, que incluyen 42 de notas documentales y referencias bibliográficas— y cualitativamente excelente. Su autora, la destacada historiadora Ana Ribeiro, ha volcado en esta obra los resultados de una prolija y casi exhaustiva investigación sobre el período menos conocido de la vida de Artigas. El de las tres décadas finales de su existencia, transcurridas silenciosamente en el Paraguay.

En el Paraguay del omnipotente dictador Francia, entre 1820 y 1840, año en que éste falleció, y de su sucesor en el poder, a partir de 1841, Carlos Antonio López. El libro tiene, además, el mérito de indagar y explicar concienzudamente la historia de la independencia paraguaya —muy poco o nada conocida en nuestro país—, así como el de retratar fielmente la poderosa y extraña personalidad del férreo tirano que rigió con mano de hierro la vida de dicha nación a partir de 1814. Es decir, el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia.

Este gobernante que todo dispuso, controló y ordenó en el país que mantuvo rígidamente enclaustrado durante veintiséis años, a fin de escapar a las turbulencias anárquicas de sus vecinos y asegurar su independencia, no fue comprendido por sus contemporáneos extranjeros. Ya fueren estos porteños, entrerrianos, correntinos, misioneros, orientales, brasileños o europeos. Quienes trasponían sus fronteras con correspondencia e intenciones políticas —o sin ellas— se exponían a gravísimos riesgos.

No pocos de ellos fueron pasados por las armas, sin dilaciones ni miramientos. O sepultados de por vida en las mazmorras del dictador vitalicio... y "Supremo", como se hacía llamar y como lo inmortalizara la pluma de Roa Bastos. En el mejor de los casos, eran despachados de regreso, obligados casi en el acto a salir por donde habían entrado y, a veces, con una respuesta cortante, altiva y negativa, al caudillo o gobernante que imprudentemente los había enviado. Fue lo que le ocurrió a un emisario de Bolívar, el 23 de agosto de 1825.

Artigas tampoco entendió a Francia, hasta que ya fue tarde, porque ya estaba en Paraguay, a partir del 5 de setiembre de 1820, y, en consecuencia, sometido a la voluntad omnímoda del tirano. Anteriormente, desde 1814, se había carteado varias veces con el "Supremo", queriendo comprometerlo en sus planes políticos. A él y a su país. Pero sin el mínimo éxito, aunque el dictador se dignaba responderle, lo que ya era, de por sí, un privilegio que pocos tuvieron.

¿El tirano asiló y protegió a Artigas, como muchas veces se ha dicho? En verdad, el Protector no pretendió asilarse y Francia lo tuvo en "mal disimulado cautiverio", según dijera verazmente Francisco Bauzá por 1872, creo. Primero, en un convento asunceño y luego en el remoto e inaccesible pueblo de Curuguaty.

Lo que no quita que le haya dado un tratamiento excepcional, siendo que era amigo de su mayor adversario político, Fulgencio Yegros, y que había intentado comprometer a Paraguay en proyectos políticos a los que se oponía radicalmente. Le dio ropa y dinero. Una mesada que más tarde suprimió, al enterarse de que la distribuía entre sus vecinos más pobres.

Fue, sí, un trato generoso, si se le compara con el que dio a muchos otros extraños y con las crueldades y horrores que a ellos reservó. Ana Ribeiro sostiene que Francia lo respetó por su oposición empecinada a porteños, españoles y portugueses. En eso eran iguales. Independentistas, a muerte.

Lo relativo a la negativa de Artigas a retornar a su patria y a las personas que pudieron entrevistarlo, a partir de 1845, queda en el tintero. Otro lunes abordaré esa cuestión.

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