Argentina y la guerra en Medio Oriente

En una recepción de embajadores extranjeros, la princesa Margarita Windsor golpeó la copa con una cucharita pidiendo atención para leer el breve mensaje protocolar que Buckingham le había dado. Pero, con la frescura de su juventud, en lugar de leerlo improvisó unas palabras que brotaron espontáneamente y sonaron cálidas y amables. Sin embargo, al otro día la visitó el primer ministro y le preguntó con tono severo por qué no había leído el mensaje que le encomendaron leer. Ella respondió: “quise ser auténtica”. Entonces Churchill volvió a preguntar: “¿y quién le dijo que su rol cuando representa al Estado es ser auténtica?”.

Si en Argentina hubiera alguien en la oposición o en el oficialismo que entendiera la democracia y el Estado como los entendía aquel estadista británico, le preguntaría lo mismo a Javier Milei cada vez que hace política exterior en primera persona.

Es grave que, movido por sus pulsiones del momento, el presidente hable todo en nombre propio. Y pueden ser muy graves las consecuencias. Resulta peligroso que se exprese a sí mismo en instancias en que sólo cabe expresar a la sociedad que representa.

“No me cae bien Irán” dijo en la universidad neoyorquinaYeshiva, y añadió que “además tengo una alianza estratégica con Israel y con Estados Unidos”.
Esos “me” y “tengo” deberían causar alarma. Una desubicación en alguien que actúa como soberano siendo el mandatario que, en una democracia, debe cumplir el mandato que le confirió la sociedad. Y en ese mandato no figuran los posicionamientos que hace del país actuando en nombre propio.

En rigor, constituyen una aberración política en los parámetros liberal-demócratas y una irresponsabilidad en términos geopolíticos.

Milei no tiene “alianzas estratégicas con Israel y Estados Unidos”, sino con Netanyahu y Trump. Si en las próximas elecciones israelíes y norteamericanas vuelven gobiernos de centroizquierda en ambos países, el presidente entenderá que no se identifica con los Estados que nombra sino con los líderes ultraconservadores que hoy los gobiernan.
Un problema argentino, entre tantos, es que, desde el primer día, el presidente hizo política exterior en primera persona.

La proyección de Argentina al mundo fue y es la extensión de sus filias y fobias. Empezó al atacar a China diciendo “yo no trato con comunistas”. Después atacó al presidente colombiano Gustavo Petro diciéndole “comunista asesino”; a Lula da Silva llamándolo “comunista y ladrón” y al mexicano López Obrador llamándolo “ignorante”, además de ensañarse con el español Pedro Sánchez.

También viajó una exagerada cantidad de veces para subir a cuanto escenario ultraderechista se ponía a su alcance.

Ahora, en medio de una guerra de consecuencias aún impredecibles, coloca la Argentina en una de las trincheras sin consultar al Congreso y respondiendo a sus impulsos y excitaciones del momento.

Una cosa es mantener la denuncia contra el régimen iraní por la justificada sospecha de su relación con los atentados perpetrados en Buenos Aires en los años ’90, y otra muy distinta es que haya sensatez, inteligencia y responsabilidad en actuar en nombre propio en un escenario con tantos riesgos.

La respuesta de Irán fue amenazante y, por sus antecedentes, debe ser tomada en serio.

Argentina debe estar más cerca de una democracia (y en Israel hay democracia) que de una teocracia oscurantista como la iraní. Aunque el actual gobierno israelí tiene un componente fundamentalista y extremo, jamás el Estado de Israel reprimió protestas haciendo correr sangre de israelíes, como tantas veces lo hizo el régimen iraní con su pueblo. Pero poner la Argentina en el escenario de un conflicto peligroso argumentando la oscuridad de la teocracia persa, es controversial.

Con ese razonamiento, Milei tendría que enviar tropas a defender Ucrania del invasor ruso y a Pakistán para ayudar a esa tenue democracia en la guerra que libra con el demencial régimen de Afganistán.

En Argentina hay pocas voces con valor y autoridad moral para decirle al presidente que actúa de modo arbitrario y peligroso. Pero la corrupción de los anteriores gobiernos y la mediocridad de los actuales opositores, no justifican los estropicios que comete Milei al actuar como representándose a sí mismo.

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