Ante el gol del honor

GONZALO AGUIRRE RAMÍREZ

Íbamos ganando tres a cero, pero ahora, con el nuevo fallo de la Corte de La Haya, quedamos tres a uno. Cabe afirmar que se trata, para Argentina, del gol del honor, por más que se haya debido a un claro error de la defensa uruguaya. Es decir, a un nuevo e inexcusable yerro de nuestra cancillería. Y no el menor de los muchos que ha cometido su titular.

Aunque algunos que opinan de casi todo y no saben de casi nada, habían vaticinado el cuarto gol uruguayo -en la prensa de ambos lados del río-, la gente experta en Derecho Internacional aguardaba un fallo adverso a nuestros intereses. Edison González Lapeyre, en uno de los almuerzos rotarios , nos había explicado el porqué de su pesimismo respecto a la obtención de un nuevo éxito en La Haya.

Fundadas eran sus razones para temer que la Corte se declarara incompetente, lo que en definitiva no ocurrió. Pero, además, habida cuenta de su jurisprudencia harto restrictiva en materia de adopción de medidas cautelares -ya sufrida por Argentina-, prudente era no recorrer el camino que nos ha conducido a este traspié en una contienda que íbamos ganando cómodamente. Pero la prudencia, se sabe, no adorna la personalidad del señor Gargano.

¿Cómo quedó la absurda confrontación, después de este laudo? A pesar del festejo de los piqueteros y de las alharacas del "señor K" -propias de su mala educación e impropias de su investidura-, a nuestro juicio quedó en los mismos términos en que estaba planteada al 22 de enero, día anterior al fallo de la Corte; con la planta de Botnia acercándose progresivamente al fin de su construcción, con puentes bloqueados y con la secuela de perjuicios que este hecho ilícito ocasiona a Uruguay. Y también a Argentina, en el plano comercial.

El tiempo es un gran gentilhombre, solía recordar Eduardo Víctor Haedo. Gracias al dios Cronos, además, corre aceleradamente y, en este caso, a favor de nuestro país. En menos de un año -o muy poco más- y salvo un obstáculo imprevisto, la planta de la empresa finlandesa entrará en funcionamiento. Y no contaminará, con lo cual el diferendo quedará liquidado a favor de Uruguay. En caso contrario, cuya ocurrencia es -a mi criterio- harto improbable, por aplicación de nuestra profusa y severa legislación medioambientalista, la planta deberá suspender y aún concluir su funcionamiento. Hipótesis, esta última, que sólo se daría si sus defectos fueren insusceptibles de corrección.

Debemos, pues, dejar correr el tiempo, que es nuestro mejor aliado. Y ante esta derrota -que no es en la guerra sino en una de sus batallas-, impavidez, como aconsejaba Winston Churchill. Impavidez y paciencia para soportar los perjuicios que, por unos meses más, nos va a seguir causando la agresión argentina.

Por último, ¿qué decir de las voces que en ambos países están reclamando el restablecimiento del diálogo, a fin de terminar con el deplorable conflicto? Son, sin duda, expresiones bien intencionadas. La última, reconfortante, ha sido la del ex canciller argentino, Rafael Bielsa.

Creo que hay obstáculos relevantes para recorrer ese camino. Salvo que la Casa Rosada deje de exigir el cese de la construcción de la planta de Botnia -o su traslado-, o, por lo menos, ponga fin a los cortes de rutas. Por lo pronto, está desarrollándose, con saludable reserva, la gestión componedora del mediador español.

Si la misma fracasare, recién sería tiempo de examinar la posibilidad antedicha.

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