Amenaza en Colombia

La democracia en América Latina ya no enfrenta las amenazas del pasado, en la mayoría de los países los votos se cuentan bien y los viejos fraudes han pasado de moda. El peligro hoy es más complejo, muchas veces es desde adentro, una vez conquistado el poder por la vía electoral, es que se erosionan las instituciones. Las democracias rara vez mueren de un solo golpe; lo hacen en capítulos, con gobiernos electos que capturan la justicia, hostigan a la prensa, debilitan los contrapesos y, llegado el caso, desconocen los resultados que no les convienen. El libreto es conocido y la región lo ha visto demasiadas veces: Venezuela y Nicaragua, que también supieron tener elecciones, son el destino al que conduce ese camino cuando no es posible frenarlo a tiempo.

Colombia, que define su presidencia en el balotaje del próximo domingo, se ha vuelto un caso paradigmático de este problema. En la primera vuelta del 31 de mayo Abelardo de la Espriella se impuso con el 43,7% sobre Iván Cepeda, candidato del oficialismo, que obtuvo el 40,9%. Hasta ahí, una elección competitiva y razonablemente normal. Lo inquietante vino después.

El presidente Gustavo Petro, que no puede reelegirse y deja el cargo en julio, decidió instalar sin pruebas la narrativa de un fraude. Habló de miles de mesas adulteradas y de cientos de miles de votos manipulados mediante algoritmos, denuncias que las autoridades electorales desmintieron y que ni siquiera su propio candidato respaldó: Cepeda, con alguna demora, aceptó los resultados. Que sea el primer mandatario quien siembra la desconfianza en el sistema que lo llevó al poder revela la naturaleza del fenómeno. El mismo andamiaje electoral que ayer fue legítimo se vuelve sospechoso apenas arroja un resultado adverso. No se trata de un detalle, cuando quien gobierna sugiere que solo son válidas las elecciones que gana, prepara el terreno para no reconocer la derrota y erosiona la confianza en las reglas compartidas.

A ese cuadro se suma una preocupación de fondo: la influencia del crimen organizado y los grupos armados ilegales sobre el voto en las regiones más golpeadas por la violencia, donde la coacción y el miedo pueden pesar más que la voluntad ciudadana y donde el Estado llega tarde o no llega. En un país con esas heridas abiertas, alimentar la idea de que las urnas no valen es jugar con fuego y las preferencias del crimen organizado en esta elección son muy claras.

Se puede tener la opinión que se quiera sobre los dos candidatos o no tener simpatía por ninguno de ellos y aun así reconocer que lo que está en juego el domingo excede a las personas. Lo que Colombia enfrenta es una crisis institucional de la que depende algo más que un nombre en la Casa de Nariño, la tentación de un poder de raíz autoritaria de no aceptar la alternancia y buscar perpetuarse al margen de las reglas.

Por eso los ojos del mundo deberían estar puestos en Colombia. Petro no es un demócrata y todo indica que el domingo puede ser un día muy complejo. La democracia no exige gobernantes ideales ni resultados perfectos; exige que se respeten las reglas, los derechos de las personas y que el poder cambie de manos cuando el pueblo así lo decide. Esa es la línea que no puede cruzarse. El domingo en Colombia lo que debe evitarse es la dictadura; todo lo demás es perfectible.

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